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Caballo de Troya de J. J. Benítez

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Presentación

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Contenido

WASHINGTON

Mi reloj señalaba las tres de la tarde. Faltaban dos horas para que el Cementerio Nacional de Arlington cerrara sus puertas. Yo había consumido la casi totalidad de aquel lunes, 12 de octubre, frente a las tres tumbas de los soldados desconocidos y a la minúscula y perpetua llama anaranjada que da vida al rústico enlosado gris bajo el que reposan los restos del presidente John Fitzgerald Kennedy.

Aunque a fuerza de leerla había terminado por aprendérmela, consulté una vez más la clave que me había entregado el mayor. Por enésima vez escruté el macizo sarcófago de mármol blanco que se levanta en la cara este del Anfiteatro Conmemorativo y que constituye el monumento inicial y más destacado de la Tumba al Soldado Desconocido. En la cara Oeste han sido esculpidas tres figuras que simbolizan la Victoria, alcanzando la Paz a través del Valor. Pero aquel panel no parecía guardar relación con mi clave...

Lentamente, como un turista más, bordeé el cordón que cierra la reducida explanada rectangular y fui a sentarme frente a la cara posterior de la tumba central, en las escalinatas de un pequeño anfiteatro. Exhausto, repasé cuanto había anotado. Frente a mí, a cinco metros de las tumbas, un soldado de infantería del Primer Batallón de la Vieja Guardia, con sede en Fort Myer, paseaba arriba y abajo, fusil al hombro, luciendo el oscuro uniforme de gala. Aunque la cadena de seguridad me separaba unos diez metros de esta parte de la tumba, la leyenda grabada en el mármol podía leerse con comodidad: «Aquí reposa gloriosamente un soldado de los Estados Unidos que sólo Dios conoce.» «¿Estará ahí la clave?», me pregunté con nerviosismo.

El solitario centinela, enjuto y frío como la bayoneta que remataba su brillante mosquetón, se había detenido. Tras una breve pausa, giró, cambiando el arma de hombro. Segundos después volvía sobre sus pasos, deteniéndose frente a la tumba. Allí repitió el cambio de posición de su fusil y, girando de nuevo, reinició su solemne desfile. Mi amigo el mayor norteamericano si hacía referencia al soldado que monta guardia día y noche en el cementerio de los héroes, en Washington. «El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington», rezaba la primera frase de su postrera carta...

Pero justo será que, antes de proseguir con esta nueva aventura, cuente cuándo y en qué circunstancias conocí al mayor y cómo me vi envuelto en una de las investigaciones más extrañas y fascinantes de cuantas he emprendido. En el mes de abril de 1980, y por otros asuntos que no vienen al caso, me encontraba en México (Distrito Federal). Hacia escasos meses que había escrito mi primer libro sobre los descubrimientos de los científicos de la NASA sobre la Sábana Santa de Turín y recuerdo que en

6 una de mis intervenciones en la televisión azteca -concretamente en el prestigioso y popular programa informativo de Jacobo Zabludowsky-, yo había comentado algunos pormenores sobre las aterradoras torturas a que había sido sometido Jesús de Nazaret. Ante mi sorpresa y la del equipo de Televisa, esa noche se registró un torrente de llamadas desde los puntos más dispares de la República e, incluso, desde Miami y California. Al regresar a mi hotel, la operadora del Presidente Chapultepec me dio paso a una llamada que no olvidaré jamás. -¿El señor J. J. Benítez? -Sí, dígame... -¿Es usted J. J. Benítez? -Sí, soy yo... ¿Quién habla? -Le he visto en el programa del señor Zabludowsky y me sentiría muy honrado si pudiera conversar con usted. -Bueno, usted dirá -respondí casi mecánicamente, al tiempo que me dejaba caer sobre la cama. En aquellos primeros instantes confundí a mi comunicante con el típico curioso. Y me dispuse a liquidar la conversación a la primera oportunidad. -Como habrá adivinado por mi acento, soy extranjero... Sinceramente, al escucharle me ha impresionado su interés por Cristo. -Disculpe -le interrumpí, tratando de saber a qué atenerme-, ¿cómo me ha dicho que se llama? -No, no le he dicho mi nombre. Y si usted me lo permite, dada mi condición de antiguo piloto de las fuerzas aéreas norteamericanas, preferiría no dárselo por teléfono. Aquello me puso en guardia. Me incorporé e intenté ordenar mis ideas. No sé cuál es su plan de trabajo en México -continuó en un tono sumamente afable- pero quizá pueda ser de gran interés para usted que nos veamos. ¿Qué le parece? -No sé -dudé-; ¿dónde se encuentra usted? -Le llamo desde el estado de Tabasco. ¿Tiene previsto algún viaje a esta zona? -Francamente, no; pero... Una vez más me dejé llevar por la intuición. ¿Un antiguo piloto de la USAF? Podía ser interesante... La experiencia como investigador me ha ido enseñando a aceptar el riesgo. ¿Qué podía perder con aquella entrevista? -¿puede usted adelantarme algo? -insinué sin reprimir la curiosidad. -No... Créame. No puedo por teléfono... Es más: no deseo engañarle y le adelanto ya que en esa primera conversación, si es que llega a celebrarse, probablemente no saque usted demasiadas conclusiones. Sin embargo, insisto en que nos veamos... -Está bien -corté con cierta brusquedad-. Acepto. ¿Dónde y cuándo nos vemos? -¿Puede usted desplazarse hasta Villahermosa? Yo estaré aquí hasta el sábado. ¿Conoce usted la ciudad? -Sí, por supuesto -respondí un tanto contrariado. Si la memoria no me fallaba, en julio de 1977 Raquel y yo habíamos visitado la zona arqueológica de Palenque, en el estado de Chiapas, y las colosales cabezas olmecas de Villahermosa. Pero yo me encontraba ahora en el Distrito Federal, a mil kilómetros de la tórrida región tabasqueña. -¿Le parece bien el viernes, día 18? -Un momento. Permítame que vea mi agenda... La verdad es que yo sabía de antemano que no existía compromiso alguno para dicho viernes. Pero el hecho de tener que viajar basta Tabasco, sin garantías ni referencias sobre la persona con la que pretendía entrevistarme, me había irritado. Y busqué afanosamente alguna excusa que me apeara de tan descabellado viaje. Fueron segundos tensos. Por un lado, el instinto periodístico tiraba de mí hacia Villahermosa. Por otro, el sentido común había empezado a zancadillear mi frágil entusiasmo. Por fortuna para mí, el primero se impuso y acepté: -Muy bien. Creo que hay un vuelo que sale de México a primera hora de la mañana. ¿Dónde puedo verle? -¿Conoce usted el Parque de la Venta? El hombre debió de percibir mis dudas y añadió:

-El de las cabezas olmecas... -Sí, lo conozco. -Le estaré esperando junto al Gran Altar... -Pero, ¿cómo voy a reconocerle? -No se preocupe. Aquella seguridad me dejó fascinado. Lo más probable -concluyó- es que yo le reconozca primero. -Está bien. De todas formas llevaré un libro en las manos... -Como guste. -Entonces... hasta el viernes. -Correcto. Muchas gracias por atender mi llamada. -Ha sido un placer -mentí-. Buenas noches. Al colgar el auricular me vi asaltado por un enjambre de dudas. ¿Por qué había aceptado tan rápidamente? ¿Qué seguridad tenía de que aquel supuesto extranjero fuera un piloto retirado de la USAF? ¿Y si todo hubiera sido una broma? Al mismo tiempo, algo me decía que debía acudir a Villahermosa. El tono de voz de aquel hombre me hacía intuir que estaba ante una persona sincera. Pero, ¿qué quería comunicarme? Pensé, naturalmente, en esa enigmática información. «Lo más lógico -me decía a mí mismo mientras trataba inútilmente de conciliar el sueño es que se trate de algún caso ovni protagonizado por los militares norteamericanos. ¿O no?» «¿Por qué citó mi interés por Cristo? ¿Qué tenía que ver un veterano militar con este asunto?» A decir verdad, cuanto más removía el suceso, más espeso e irritante se me antojaba. Así que opté por la única solución práctica: olvidarme hasta el viernes, 18 de abril.

TABASCO

A las 10.45, una hora escasa después de despegar del aeropuerto Benito Juárez de la ciudad de México, tomaba tierra en Villahermosa. Al pisar la pista, un familiar hormigueo en el estómago me anunció el comienzo de una nueva aventura. Allí estaba yo, bajo un sol tropical, con la inseparable bolsa negra de las cámaras al hombro y un ejemplar de mi libro El Enviado entre las manos. «Veremos qué me depara el destino», pensé mientras cruzaba la achicharrante pista en dirección al edificio terminal. Aquella situación -para qué voy a negarlo- me fascinaba. Siempre me ha gustado jugar a detectives... Por ello, y desde el momento en que abandoné el reactor de la compañía Mexicana de Aviación que me había trasladado al estado de Tabasco, fui fijando mi atención en las personas que aguardaban en el aeropuerto. ¿Estaría allí el misterioso comunicante? Si hacia caso al timbre de su voz, mi anónimo amigo debía rondar los cincuenta años. Quizá más, si consideraba que era un piloto retirado del servicio activo. Sujeté el libro con la mano izquierda, procurando que la portada quedara bien visible, y despaciosamente me encaminé al servicio de cambio de moneda. Sí el norteamericano estaba allí tenía que detectarme.

Cambié algunos dólares, y con la misma calma me dirigí a la puerta de salida en busca de un taxi.

Nadie hizo el menor movimiento ni se dirigió a mí en ningún momento. Estaba claro que el extranjero no se hallaba en el aeropuerto, o al menos no había querido dar señales de vida.

Pocos minutos después, a las 11.15 de aquel viernes, 18 de abril de 1980, un empleado del Parque Museo de la Venta me extendía el correspondiente boleto de entrada, así como un sencillo pero documentado plano para la localización de las gigantescas esculturas olmecas. El parque parecía tranquilo. Consulté el mapa y comprobé que el Gran Altar -nuestro punto de reunión- estaba enclavado justamente en el centro de aquel bello museo al aire libre. El itinerario marcaba un total de 27 monumentos. Yo debía llegar al enclave número cinco. Si todo marchaba bien, allí debería conocer, al fin, a mi informador. Sin pérdida de tiempo me adentré por el estrecho camino, siguiendo las huellas de unos pies en rojo que habían sido pintadas por los responsables del parque y que constituían una simpática ayuda para el visitante. A los pocos metros, a mi izquierda, descubrí el monumento número 1. Se trataba de una formidable cabeza de jaguar semidestruida, con un peso de treinta toneladas. Proseguí la marcha, adentrándome en un espeso bosquecillo. El corazón empezaba a latir con mayor brío. A unos ochenta pasos, a la derecha del camino, aparecieron las esculturas de un mono y de otro jaguar. Eran los monumentos números 2 y 3. Frente al jaguar, el plano marcaba la figura de un manatí, tallado en serpentina. Era el número 4. Avancé otra treintena de metros y al dejar atrás uno de los recodos del sendero reconocí entre la espesura el enclave número 4 bis: otro pequeño jaguar, igualmente tallado en basalto. El siguiente era el Gran Altar Triunfal. Aquellos últimos metros hasta la pequeña explanada donde se levanta el monumento número cinco fueron singularmente intensos. Hasta ese momento no había coincidido con un solo turista. Mi única compañía la formaban mis pensamientos y aquella loca algarabía del sinfín de pájaros multicolores que relampagueaba entre las copas de los corpulentos huayacanes, parotas y cedros rojos. Al entrar en el calvero me detuve. El corazón me dio un vuelco. El Gran Altar estaba desierto. Bajo el ara, en un nicho central, un personaje desnudo y musculoso empuñaba una daga en su mano izquierda. Con la derecha, la estatua sujetaba una cuerda a la que permanecía amarrado un prisionero. El furioso sol del mediodía me devolvió a la realidad. «¿Dónde está el maldito yanqui?», balbucí indignado. La sola idea de que me hubiera tomado el pelo me desarmó. Avancé desconcertado hacia el Gran Altar, sintiendo el crujir del guijo blanco bajo mis botas. «Quizá me he adelantado», pensé en un débil intento por tranquilizarme. De pronto, alertado -supongo- por el ruido de mis pasos sobre la grava, un hombre apareció por detrás de la gran mole de piedra. Ambos permanecimos inmóviles durante unos segundos, observándonos. Jamás olvidaré aquellos instantes. Ante mí tenía a un individuo de considerable altura -quizá alcanzase 1,80 metros-, con el cabello cano y vistiendo una guayabera y unos pantalones igualmente blancos. Respiré aliviado. Sin duda, aquél era mi anónimo comunicante. -Buenos días -exclamó, al tiempo que se quitaba las gafas de sol y dibujaba una amplia sonrisa-. ¿Es usted J. J. Benítez? Asentí y estreché su mano. Suelo dar gran importancia a este gesto. Me gusta la gente que lo hace con fuerza. Aquel apretón de manos fue sólido, como el de dos amigos que se encuentran después de largo tiempo. -Le agradezco que haya venido -comentó-. Creo que no se arrepentirá de haberme conocido. Ni en esta primera entrevista ni en las que siguieron en meses posteriores pude averiguar la edad exacta de aquel norteamericano. A juzgar por su aspecto -huesudo y con un rostro acribillado por las arrugas- quizá rondase los sesenta años. Sus ojos claros, afilados como un sable, me inspiraron confianza. No sé la razón, pero, desde aquel primer encuentro al pie del Gran Altar en el Museo de la Venta, se estableció entre nosotros una mutua corriente de confianza. -Conozco un restaurante donde podemos conversar. ¿Tiene hambre? No sentía el menor apetito, pero acepté. Lo que me consumía era la curiosidad. Al cabo de unos minutos nos sentábamos en un sombreado establecimiento, casi al final de la calle del Paralelo 18. En el trayecto, ninguno de los dos cruzamos una sola palabra. Supongo

que mi nuevo amigo hizo lo mismo que yo: tratar de descubrir en el otro hasta los más nimios detalles... Después de aquel saludo en el museo de las gigantescas cabezas negroides, la certeza de que me encontraba ante una posible buena noticia había ido ganando terreno. -Usted dirá -rompí el silencio, invitando a mi acompañante a que empezara a hablar. -En primer lugar quiero recordarle lo que ya le dije por teléfono. Es posible que se sienta decepcionado después de esta primera conversación. -¿Por qué? -Quiero ser muy sincero con usted. Yo apenas le conozco. No sé hasta dónde puede llegar su honestidad... Le dejé hablar. Su tono pausado y cordial hacía las cosas mucho más fáciles. -... Para depositar en sus manos la información que poseo es preciso primero que usted me demuestre que confía en mí. Por eso -y le ruego que no se alarme- necesito probar y estar seguro de su firmeza de espíritu y, sobre todo, de su interés por Cristo. El americano se llevó a los labios un jugo de naranja y siguió perforándome con aquella mirada de halcón. Debió captar mi confusión. ¿Qué demonios tenía que ver mi firmeza de espíritu con Cristo, o, mejor dicho, con mi interés por Jesús? -Permítame un par de preguntas, señor... -Si no le molesta -repuso con una fugaz sonrisa- llámeme mayor. Por el momento, y por razones de seguridad, no puedo decirle mi verdadero nombre. Aquello me contrarió. Pero acepté. ¿Qué otra cosa podía hacer si de verdad quería llegar al fondo de aquel enigmático asunto? -Está bien, mayor. Vayamos por partes. En primer lugar, usted dice ser un oficial retirado de las fuerzas aéreas norteamericanas. ¿Estoy equivocado? -No, no lo está. -Bien. Segunda pregunta: ¿qué tiene que ver mi interés por Cristo con esa información que usted dice poseer? El camarero situó sobre el mantel rojo sendas bandejas con postas de robalo y mole verde, quesadillas y un inmenso filete de carne a la tampiqueña. El mayor guardó silencio. Ahora estoy seguro de que aquélla fue una situación difícil para él. Mi amigo debió luchar consigo mismo para contenerse. -Cuando usted conozca la naturaleza de esa información -puntualizó- comprenderá mis precauciones. Es preciso que antes que eso suceda, yo esté convencido de que usted, o la persona elegida, será capaz de valorarla y, sobre todo, de que hará un buen uso de ella. -No termino de entender por qué se ha fijado en mí... El mayor sostuvo aquella mirada penetrante y preguntó a su vez: -¿Cree usted en la casualidad? -Sinceramente, no. -Cuando le vi y le escuché en televisión hubo una frase suya que me impulsó a llamarle. Usted tuvo el valor de reconocer públicamente que ahora, a partir de sus investigaciones sobre los descubrimientos de los científicos de la NASA, había «descubierto» a Jesús de Nazaret. Usted no parece avergonzarse de Cristo... Sonreí. -¿Y por qué iba a hacerlo si de verdad creo en Él? -Eso fue lo que usted transmitió a través del programa. Y eso, ni más ni menos, es lo que yo busco. No pude contenerme y le solté a quemarropa: -Disculpe. ¿Es usted miembro de alguna secta religiosa? El mayor pareció desconcertado. Pero terminó por sonreír, aportándome un nuevo dato sobre su persona. -Vivo solo y retirado. Soy creyente y no puede sospechar usted hasta qué punto... Sin embargo, he huido de cualquier tipo de iglesia o grupo religioso. Tenga la seguridad de que no se encuentra ante un fanático... Creí percibir unas gotas de tristeza o melancolía en algunas de sus palabras. Hoy, al recordarlo, y conforme fui desentrañando el enigma del mayor norteamericano, no puedo evitar un escalofrío de emoción y profundo respeto por aquel hombre. -¿Dónde vive usted? -En el Yucatán. -¿Puedo preguntarle por qué vive solo y retirado? Antes de que respondiera traté de acorralarlo con una segunda cuestión: -¿Tiene algo que ver con esa información que usted conoce? -A eso puedo responderle con un rotundo sí. El silencio cayó de nuevo entre nosotros. -¿Y qué desea que haga? El mayor extrajo de uno de los bolsillos de su guayabera una pequeña y descolorida libreta azul. Escribió unas palabras y me extendió la hoja de papel. Se trataba de un apartado de correos en la ciudad de Chichén Itzá, en el mencionado estado del Yucatán. -Quiero que sigamos en contacto -respondió señalándome la dirección-. ¿Puede escribirme a ese apartado? -Naturalmente, pero... El hombre pareció adivinar mis pensamientos y repuso con una firmeza que no dejaba lugar a dudas: -Es preciso que ponga a prueba su sinceridad. Le suplico que no se moleste. Sólo quiero estar seguro. Aunque ahora no lo comprenda, yo sé que mis días están contados. Y tengo prisa por encontrar a la persona que deberá difundir esa información... Aquella confesión me dejó perplejo. -¿Está usted diciéndome que sabe que va a morir? El mayor bajó los ojos. Y yo maldije mi falta de tacto. -Perdone... -No se disculpe -prosiguió el oficial, volviendo a su tono jovial-. Morir no es bueno ni malo. Si se lo he insinuado ha sido para que usted sepa que ese momento está próximo y que, en consecuencia, no está usted ante un bromista o un loco. -¿Cómo sabré si usted ha decidido o no que yo soy la persona adecuada? -Aunque espero que volvamos a vernos en breve, no se preocupe. Sencillamente, lo sabrá. -No puedo disimularlo más. Usted sabe que yo investigo el fenómeno ovni... -Lo sé. -¿Puede aclararme al menos si esa información tiene algo que ver con estas astronaves? -Lo único que puedo decirle es que no. Aquello terminó por desconcertarme. Dos horas más tarde, con el espíritu encogido por las dudas, despegaba de Villahermosa rumbo a la ciudad de México. Yo no podía imaginar entonces lo que me deparaba el destino.

YUCATÁN

A mi regreso a España, y por espacio de varios meses, el mayor y yo cruzamos una serie de cartas. Por aquellas fechas, mis actividades en la investigación ovni habían alcanzado ya un volumen y una penetración lo suficientemente destacados como para tentar a los diversos servicios de Inteligencia que actúan en mi país. Era entonces consciente -y lo soy también ahora- de que mi teléfono se hallaba intervenido y de que en muy contadas ocasiones, dada la naturaleza de algunas de esas indagaciones, los sutiles agentes de estos departamentos (civiles y militares) de Información, habían seguido muy de cerca mis correrías y entrevistas. Lo que nunca supieron estos sabuesos -eso espero al menos- es que, en previsión de que mi correspondencia pudiera ser interceptada, yo había alquilado un determinado apartado de correos, aprovechando para ello la complicidad de un buen amigo, que figuró siempre como legitimo usuario de dicho apartado postal. Esta argucia me ha permitido desviar del canal «oficial» aquellas cartas, documentos e informaciones en general que deseaba aislar de la malsana curiosidad de los mencionados agentes secretos. Naturalmente, por lo que pudiera pasar y dada la antigua profesión y la nacionalidad del mayor, sus misivas siguieron siempre este conducto confidencial. Ni siquiera Raquel, mi mujer, supo de la existencia de este nuevo amigo ni de mis sucesivos contactos con él. Por otra parte, y aunque las cartas del mayor hubieran caldo en manos de los servicios de Inteligencia, dudo mucho que el contenido de las mismas pudiera llamarles la atención. Por más que presioné, jamás logré que deslizara una sola pista sobre la información que decía poseer. Sus amables escritos iban enfocados siempre hacia un más intenso y extenso conocimiento de mi forma de pensar, de mis inquietudes y, especialmente, de mis pasos e investigaciones en torno a la pasión y muerte de Cristo. Recuerdo que una de sus cartas estuvo dedicada por entero a interrogarme sobre la última parte de mi libro

El Enviado

Al parecer, mi supuesta entrevista con Jesús de Nazaret, que cierra dicha obra, le causó un especial impacto. Y llegó el otoño de 1980. En honor a la verdad, mis esperanzas de obtener algún indicio sobre el impenetrable secreto del mayor se habían ido debilitando. Hubo momentos difíciles, en los que las dudas me asaltaron con gran virulencia. Creo que mi escaso entusiasmo hubiera terminado por apagarse de no haber recibido aquella lacónica carta -casi telegráfica- en la que mi amigo me rogaba que «lo dejara todo y volara hasta la ciudad de Mérida, en el estado del Yucatán». Durante varios días -no voy a negarlo- me debatí en una angustiosa zozobra. ¿Qué debía hacer? ¿Es que el mayor se había decidido a hablarme con claridad? Tentado estuve de escribirle una vez más y pedirle explicaciones. Pero algo me contuvo. Yo intuía que aquélla podía ser otra prueba; quizá la definitiva. Al fin tomé la decisión de volar a América e inicié un sinfín de gestiones para tratar de subvencionar en todo o en parte el costoso viaje. En contra de lo que muchos puedan pensar, mis recursos económicos son siempre escasos y aquel súbito salto al otro lado del -Atlántico terminó por desnivelarlos. providencialmente, mi amigo y editor José Manuel Lara aceptó la idea de presentar mis últimos libros en América, y con esta excusa aterricé en Bogotá. Aquel rodeo, aunque retrasó algunos días mi entrevista con el mayor, se me antojó sumamente prudencial. No estaba dispuesto a conceder el menor respiro a los servicios de Inteligencia y así se lo anuncié a mi amigo en una carta que me precedió y en la que, por supuesto, le señalaba el día y el vuelo en el que esperaba tomar tierra en Mérida. Al concluir mis obligaciones en Colombia me las ingenié para cancelar mis compromisos en Caracas, volando en el más riguroso incógnito -vía Belmopán- hasta Yucatán. Al cruzar la aduana y antes de que tuviera tiempo de buscar al mayor, me di de manos a boca con un cartel en el que había sido escrito mi primer apellido. El escandaloso cartón era sostenido por un hombre recio, de espeso bigote negro y tez bronceada. Al presentarme se identificó como Laurencio Rodarte, al servicio del mayor. -Él no ha podido venir a recibirle -se excusó mientras pugnaba por hacerse con mi maleta-. Si no le importa, yo le conduciré hasta él. Mi instinto me hizo desconfiar. Y antes de abandonar el aeropuerto traté de averiguar qué papel jugaba aquel individuo y por qué razón no había acudido el mayor. Laurencio debió captar mi recelo y, soltando la maleta, resumió: -El mayor está enfermo. -¿Dónde se encuentra? -Lo siento pero no estoy autorizado para decírselo. Él me ha enviado a recogerle y... -Mire, Laurencio -le interrumpí tratando de calmar mis nervios-, no tengo nada contra usted. Es más: le agradezco que haya venido a recibirme, pero, sí usted me dice dónde está el mayor, yo iré por mis propios medios. El hombre dudó. -Es que mis órdenes... -No se preocupe. Dígame dónde me espera el mayor y yo iré a su encuentro. El tono de mi voz era tan firme que Laurencio terminó por encogerse de hombros y preguntó de mala gana: -¿Conoce Chichén Itzá? -Sí. -El mayor me ordenó que le llevara hasta el cenote sagrado. Laurencio señaló mi reloj y puntualizó: -Usted deberá estar allí a las cuatro.


Y dando media vuelta se encaminó a la puerta de salida. Consulté la hora local y comprobé que tenía dos horas escasas para llegar hasta el pozo sagrado de los mayas. Yo había visitado en otras oportunidades el recinto arqueológico de la recóndita población de Chichén Itzá, al este de Mérida, y en plena selva de la península del Yucatán. Conocía también los dos famosos cenotes -el sagrado y el profano- situados a corta distancia de la ciudad y que, según los arqueólogos, pudieron ser utilizados por los antiguos mayas como depósitos naturales de agua y, en el caso del cenote sagrado, como centro religioso en el que se practicaban sacrificios humanos. Al ver alejarse el Toyota negro que conducía Laurencio, me concedí un respiro, tratando de poner en orden mis ideas. Por supuesto, no tardé en reprocharme aquella seca y radical actitud mía para con el emisario del mayor. En especial, a la hora de regatear con los taxistas que montaban guardia al pie del aeropuerto... Después de no pocos tira y afloja, uno de los chóferes aceptó llevarme por 850 pesos. Y a eso de las dos de la tarde -sin probar bocado y con la ropa empapada por el sudor- el taxi enfiló la ruta número 180, en dirección a Chichén. Tal y como había prometido, el taxista cubrió los 120 kilómetros que separan Mérida de Chichén Itzá en poco más de hora y media. Tras una vertiginosa ducha en el hotel de la Villa Arqueológica, me dirigí al lugar elegido por el mayor. A las cuatro en punto, a paso ligero y con el corazón en la boca, dejé atrás la impresionante pirámide de Kukulcán y la plataforma de Venus, adentrándome en la llamada Vía Sagrada, que muere precisamente en un cenote u olla de casi sesenta metros de diámetro y cuarenta de profundidad. Antes de alcanzar el filo del pozo sagrado distinguí a dos personas sentadas al pie de una frondosa acacia de florecillas rosadas. Al verme, una de ellas se incorporó. Era Laurencio. Reduje el paso y mientras me aproximaba sentí una incontenible oleada de vergüenza. Una vez más me había equivocado. Pero aquel sentimiento se esfumó a la vista de la segunda persona. Quedé atónito. Era el mayor, pero con veinte años más de los que aparentaba cuando le conocí en Villahermosa. Permaneció sentado sobre la plataforma de piedra del viejo altar de los sacrificios, observándome con una mezcla de incredulidad y emoción. Lentamente, en silencio, dejé resbalar la bolsa de las cámaras, al tiempo que Laurencio le ayudaba a incorporarse. El mayor extendió entonces sus largos brazos y, sin saber por qué, dejándome arrastrar por mi corazón, nos abrazamos. -¡Querido amigo! -susurró el anciano-. ¡Querido amigo!... Sus penetrantes ojos, ahora hundidos en un rostro calavérico, se hablan humedecido. Algo muy grave, en efecto, había minado su antigua y gallarda figura. Su cuerpo aparecía encorvado y reducido a un manojo de huesos, bajo una piel reseca y salpicada por corros marrones de melanina. Una barba blanca y descuidada marcaba aún más su decadencia. Intenté esbozar una disculpa, estrechando la mano de Laurencio, pero éste, sin perder la sonrisa, me rogó que olvidara el incidente del aeropuerto. El mayor, apoyándose en mi hombro, me sugirió que caminásemos un poco hasta el prado que rodea a la pirámide de Kukulcán. Con paso vacilante y un sinfín de altos en el camino, fuimos aproximándonos al castillo o pirámide de la Serpiente Emplumada. Así, en aquella primera jornada en Chichén Itzá, supe de labios del propio mayor que su fin estaba próximo y que, en contra de lo que pudiera imaginar, su muerte fijaría precisamente el comienzo de mi labor. Supe también que -tal y como me había insinuado en otras ocasiones- su «enfermedad» era consecuencia de un fallo no previsto en un proyecto secreto llevado a cabo años atrás, cuando él todavía pertenecía a las fuerzas aéreas norteamericanas. Cuando le interrogué sobre dicho proyecto, sospechando que podía guardar una estrecha relación con la información que había prometido darme, el mayor me rogó que siguiera siendo paciente y que esperase un poco más. Durante dos días, mi vida transcurrió prácticamente en la pequeña casita de una planta, a las afueras de Chichén, y muy próxima a las grutas de Balankanchen, en la carretera que discurre en dirección a la Valladolid maya. Allí, Laurencio y su mujer venían cuidando a mi amigo desde hacía seis años. Ni que decir tiene que aproveché aquella magnífica oportunidad para bucear en la medida de lo posible en el pasado y en la identidad del mayor. Sin embargo, mis pesquisas entre las diversas autoridades policiales y las gentes de Chichén no fueron todo lo fructíferas que yo

13

hubiera deseado. Por un mínimo de delicadeza hacia mi amigo, y porque había empezado a estimarle, al margen incluso de la prometida información, opté por suspender los tímidos y disimulados sondeos. Cada vez que me lanzaba a la operación de rastreo, un sentimiento de repugnancia hacia mí mismo terminaba por embargarme. Era como si estuviera traicionándole... Decidí cortar tales maniobras, prometiéndome a mí mismo que sería implacable, si llegaba el caso de que la supuesta información secreta acababa por fin en mi poder. Sin embargo, y gracias a aquellas primeras averiguaciones, confirmé como positivos algunos de los datos que el mayor me había facilitado sobre su persona: era, efectivamente, de nacionalidad norteamericana, su pasaporte aparecía en regla y había pertenecido a la USAF. Aunque él quizá no lo supo nunca, antes de regresar a España yo sabía ya su verdadera identidad, así como otros pequeños detalles sobre su limpia y apacible vida en el Yucatán. Todo esto, como es lógico, me tranquilizó e hizo crecer mi curiosidad e interés por esa información de la que tanto me había hablado el mayor. Antes de partir, al anunciarle al ex oficial mi intención de volver a mi país, le expuse con toda claridad mi inquietud ante su deteriorado estado de salud y la no menos inquietante circunstancia, al menos para mí, de no haber obtenido ni la más mínima pista sobre el celoso secreto que decía tener. El mayor rogó a Laurencio que le acercara un sobre blanco que descansaba en uno de los anaqueles de la alacena del pequeño salón donde conversábamos. Con gesto grave lo puso en mis manos y comentó: -Aquí tienes la primera entrega. El resto llegará a tu poder cuando yo muera... Examiné el sobre con un cierto nerviosismo. -Está cerrado -apunté-. ¿Puedo abrirlo? -Te suplicaría que lo hicieras lejos de aquí... Quizá en el avión. Mientras lo guardaba entre las hojas de mi pasaporte, mi amigo adoptó un tono más relajado: -Gracias. Es preciso que comprendas que tu búsqueda empieza ahora. -¿Mi búsqueda?... pero, ¿de qué? El mayor no respondió a mis preguntas. -Sólo te pido que sigas creyendo en mi y que empeñes todo tu corazón en descifrar la clave que te conducirá a mi legado. -Sigo sin comprender... -No importa. Ahora, antes de que nos abandones, tienes que prometerme algo. El mayor se puso en pie y yo hice lo mismo. En un extremo de la estancia, Laurencio asistía a la escena con su proverbial mutismo. -Prométeme -me anunció el anciano, al tiempo que levantaba su mano derecha- que, ocurra lo que ocurra, jamás revelarás mi identidad... A pesar de mi creciente confusión, levanté también mi mano derecha y se lo prometí con toda la solemnidad de que fui capaz. -Gracias otra vez -murmuró el mayor mientras se dejaba caer lentamente sobre la silla-. Que Dios te bendiga...

ESPAÑA

Aquella fue la segunda y última vez que vi con vida al mayor. Al regresar a España, y mientras mi avión sobrevolaba los cráteres del Popocatepetl, tomé en mis manos el misterioso sobre que me había dado el norteamericano. Lo palpé lentamente y, con sorpresa, adiviné algo


duro en su interior. La curiosidad, difícilmente contenida durante aquellos días, se desbordó y procedí a abrirlo con todo el cuidado de que fui capaz. Al asomarme a su interior, la decepción estuvo a punto de provocarme un paro cardíaco. ¡Estaba vacío! O, mejor dicho, casi vacío. Minuciosamente pegada a las paredes del sobre, mediante una transparente tira de cinta adhesiva, había una llave. La arranqué sin poder contener mi desencanto y la fui pasando de una a otra mano, sin saber qué pensar. procuré tranquilizarme, engañándome a mí mismo con los más dispares argumentos. Pero la verdad desnuda y fría seguía allí -frente a mí- en forma de llave. Para colmo, aquella pieza de cuatro centímetros escasos de longitud no presentaba un solo signo o inscripción que permitiera algún tipo de identificación. Había sido usada, eso estaba claro. Pero, ¿dónde? Durante horas me debatí entre mil conjeturas, mezclando lo poco que me había adelantado el mayor con un laberinto de especulaciones y fantasías propias. El resultado final fue un serio dolor de cabeza. «Aquí tienes la primera entrega... » ¿Qué misterio encerraba aquella frase? Y, sobre todo, ¿en qué podía consistir «el resto»? «... El resto llegará a tu poder cuando yo muera.» Lo único claro -o medianamente claro- en todo aquel embrollo era que la información en cuestión (o lo que fuera), debía de guardar alguna relación con aquella llave. Pero, ¿cuál? Era absolutamente necesario esperar, a no ser que quisiera volverme loco. Y eso fue lo que hice: aguardar pacientemente. Durante la primavera y el verano de 1981, las cartas del mayor fueron distanciándose cada vez más en el tiempo. Finalmente, hacia el mes de julio, y con la consiguiente alarma por mi parte, el fiel Laurencio fue el encargado de responder a mis escritos. ...El mayor -me decía en una de las últimas misivas- ha entrado en un profundo estado de postración. Apenas si puede hablar... Aquellas letras auguraban un rápido y fatal desenlace. Mentalmente, incluso me preparé para un nuevo y postrer viaje al Yucatán. Por encima de mi innegable y sostenido interés - llamémosle periodístico- había prevalecido, gracias a Dios, un arraigado afecto hacia aquel anciano prematuro. Bien sabe Dios que hubiera deseado estar junto a él en el momento de su muerte. Pero el destino me reservaba otro papel en esta desconcertante historia. ¿Fue casualidad? Sinceramente, ya no sé qué pensar... El caso es que aquel 7 de septiembre de 1981 -fecha de mi cumpleaños- llegó a mi poder una nueva carta procedente de Chichén Itzá. En unas lacónicas frases, Laurencio me anunciaba lo siguiente: ..Tengo el doloroso deber de comunicarle que nuestro común hermano, el mayor, falleció el pasado 28 de agosto. Siguiendo sus instrucciones, le adjunto un sobre que sólo usted deberá abrir... Aunque la noticia no me cogió por sorpresa, debo confesar que la desaparición de mi amigo me sumió durante varios días en una singular melancolía, comparable quizá con la tristeza que me produjo un año después el fallecimiento de otro entrañable maestro y amigo: Manuel Osuna. Aquella misma tarde del 7 de septiembre, con el ánimo encogido, conduje mí automóvil hasta los acantilados de Punta Galea. Y allí, frente al azul y manso Cantábrico, recé por el mayor. Allí mismo, en medio de la soledad, quebré el lacre que protegía el sobre y extraje su contenido. Curiosamente, en contra de lo que yo mismo hubiera imaginado semanas atrás, en aquellos instantes mi alocada curiosidad y el desenfrenado interés por desentrañar el misterio del mayor pasaron a un segundo plano. Durante más de dos horas, la ansiada segunda entrega permaneció casi olvidada sobre el asiento contiguo de mí coche.


Verdaderamente yo había estimado a aquel anciano. Pero al fin, como digo, se impuso mi curiosidad. El sobre contenía dos grandes hojas, de papel recio y cuadriculado. Reconocí de inmediato la letra puntiaguda del mayor. Uno de los folios era una carta, escrita por ambas carillas. ¡Estaba lechada en el mes de agosto de 1980! Eso significaba -por pura deducción- que el mayor había tomado la decisión de confiarme su secreto poco después de mi primer encuentro con él, ocurrido el 18 de abril de 1980. La carta, que aparecía firmada con sus nombres y apellidos, era en realidad una postrera recomendación para que procurara mantenerme en el camino de la honradez y del amor hacia mis semejantes. En el último párrafo, y casi de pasada, el mayor hacia referencia a la famosa segunda entrega, explicándome que para llegar a la información que tanto deseaba, deberla primero descifrar la clave que me adjuntaba en hoja aparte. Por último, y con un tosco pero llamativo subrayado, me rogaba que hiciera un buen uso de dicha información. ...Mi deseo es que con ella puedas llevar un poco más de paz a cuantos, como tú y como yo, estamos empeñados en la búsqueda de la Verdad. El segundo papel, igualmente manuscrito por el mayor, presentaba un total de cinco frases, en inglés, que a primera vista resultaban absurdas e incongruentes. He aquí la traducción: «El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington.» « Llave y ritual conducen a Benjamín. » «Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy.» «El hermano duerme en 44 - W. La sombra del níspero le cubre al atardecer.» «Pasado y futuro son mi legado.» El mayor, una vez más, parecía disfrutar con aquel juego. ¿O no se trataba de un juego? Me pregunté mil veces por qué tantos rodeos y precauciones. Si mi amigo había muerto, lo lógico es que me hubiera facilitado la traída y llevada información sin necesidad de nuevas complicaciones. Pero las cosas estaban como estaban y mi única alternativa era de despejar aquella cada vez más enredada madeja. Como supondrá el lector, pasé horas con los cinco sentidos pegados a aquellas frases. Tentado estuve de acudir a algunos de mis amigos, en busca de ayuda. Pero me contuve. Me hubiera visto forzado a ponerles en antecedentes de tan larga e increíble historia y, sobre todo, conforme fue pasando el tiempo, lejos de desanimarme, encajé el asunto como un reto personal. Y los que me conocen un poco saben que ésa es una de mis debilidades. De entrada, lo único que estaba claro es que la llave que me diera el mayor guardaba una indudable y estrecha relación con la segunda frase. Esa llave debería «conducirme» o llevarme hasta Benjamin. Pero, ¿qué o quién era «Benjamin»? Una y otra vez, por espacio de casi tres semanas, desmenucé frase por frase y palabra por palabra. Llevé a cabo los más disparatados cambios y saltos en las frases, buscando un sentido más lógico. Fue inútil. A fuerza de bucear en la clave terminé por aprendérmela de memoria. Aquel mes de septiembre, y parte del siguiente, viví por y para aquel mensaje cifrado. Pasaba los días deambulando sin norte alguno y con la mirada extraviada, ajeno prácticamente a cuanto me rodeaba. Fueron mis hijos y especialmente Raquel quienes padecieron con más crudeza mis aparentemente absurdos e inexplicables cambios de carácter, mis continuas depresiones y hasta una injusta irascibilidad. Espero que ahora, al leer estas líneas, puedan comprenderme y perdonarme. Llegué incluso a consultar con expertos cerrajeros, que examinaron la misteriosa llave desde todos los ángulos posibles. El resultado era siempre idéntico: aleación corriente; dientes rutinarios... todo ordinario. Pero aquella situación -que empezaba a rozar los poco deseables límites de la obsesión- no podía continuar. Y un buen día hice balance. ¿Qué tenía realmente entre las manos? ¿A qué conclusiones había llegado.?


Desgraciadamente podían limitarse a un par de pistas.

  • 1ª.» Arlington es un cementerio norteamericano. Yo sabia que se trataba del célebre

camposanto de los héroes de guerra de aquella nación. Me documenté cuanto pude y comprobé, en efecto, que en dicho lugar existe una tumba que guarda los restos de un soldado desconocido. Por pura lógica deduje que dicha tumba estaría custodiada o vigilada por alguna guardia de honor. ¿Podía referirse el mayor a dicho centinela?

  • 2.ª: También en el Cementerio Nacional de Arlington está enterrado el presidente Kennedy.

Pero, ¿por qué debía «abrir mis ojos ante John Fitzgerald Kennedy»? Estos eran los únicos puntos en común que yo había sido capaz de trenzar. El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington. Esta primera frase me tenía trastornado. No hacía falta ser muy despierto para comprender que una de las piezas claves tenía que residir en la palabra «ritual » Una prueba de ello es que el mayor se había encargado de repetirla en la segunda secuencia. ¿Cuál era ese ritual? ¿Por qué debía ser el centinela quien me lo revelara? ¿Es que tenía que preguntárselo? Pero, de ser así, ¿a quién debía acudir? No había vuelta de hoja: el primer paso tenía que ser el desciframiento del maldito ritual. Sólo así podría saber -eso pensaba yo entonces- qué o quién era «Benjamín» En cuanto a las dos últimas frases de la clave, sinceramente, prescindí temporalmente de ellas. Poco me faltó para llamar a mi buen amigo Chencho Arias, en aquellas fechas director de la Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Con toda seguridad, y merced a sus contactos en Washington, me hubiera despejado parte del camino. Pero lo pensé dos veces y aparqué la idea. Después de todo, hubieran quedado cuatro frases más por aclarar... No había otra solución: tenía que volar a Estados Unidos y enfrentarme al problema a cuerpo descubierto.

WASHINGTON

A las 11.50 horas del domingo 11 de octubre, el vuelo 903 de la compañía norteamericana TWA despegaba del aeropuerto de Barajas, alcanzando su nivel de crucero -33 000 pies- en poco más de 16 minutos. Nuestra próxima escala -Nueva York- quedaba a miles de millas. Había tiempo de sobra para planificar la estrategia a seguir una vez en Washington, así como para saborear una fría cerveza y cambiar impresiones con los colegas y amigos que ocupaban buena parte de aquel reactor. Era curioso. Sencillamente increíble ... Por aquellas fechas, mientras yo me estrujaba el cerebro pujando por desentrañar la enigmática clave del mayor, otro suceso vino a enredar aún más las cosas. En un espléndido articulo en ABC, el escritor Torcuato Luca de Tena ofrecía a los españoles la primicia sobre unos fantásticos descubrimientos en los ojos de la Virgen de Guadalupe, en la ciudad de México. Fue como un escopetazo. Aquel nuevo «cebo» a 10.000 kilómetros precipitó mi decisión de saltar nuevamente al continente americano. Aquello justificaba doblemente mi viaje. Sin embargo, por enésima vez tuve que hacer frente al siempre prosaico pero inevitable capitulo del dinero. Mi plan estaba claro: primero Washington. Después, México. Esta vez, no obstante, la fortuna me sonrió rápidamente. ¿O no fue la fortuna? El caso es que, antes de que pudiera complicarme la existencia, una providencial llamada telefónica desde Madrid me puso al corriente del inminente viaje de SS. MM. los Reyes


de España a Estados Unidos. Yo había acompañado a don Juan Carlos y a doña Sofía en otras visitas de Estado y sabía que aquélla era una oportunidad que no podía dejar escapar. Entre otras importantes razones, porque ese tipo de viajes resulta siempre muy asequible a la modesta economía de los profesionales del periodismo. Así fue como aquel 11 de octubre de 1981, y en compañía de una treintena de periodistas españoles, un segundo reactor de la TWA -el vuelo 407- me situaba en el aeropuerto nacional de la capital federal de los Estados Unidos. Eran las 17.58 (hora local de Washington). A pesar de mi creciente inquietud y nerviosismo, mi ansiada visita al Cementerio Nacional de Arlington tuvo que ser demorada hasta el día siguiente, lunes. Aquel mes de octubre, el camposanto de los héroes norteamericanos cerraba sus puertas a las cinco de la tarde. Y amparándome en el cansancio del viaje, decliné la invitación de mis entrañables amigos Jaime Peñafiel, Giani Ferrari y Alberto Schommer para visitar la ciudad, encerrándome a cal y canto en la habitación 549 del hotel Marriot, sede y cuartel general de la prensa española. Ellos, por supuesto, eran ajenos a los verdaderos objetivos de mi viaje. Hasta altas horas de la madrugada permanecí enfrascado en el posible «plan de ataque». Un plan, dicho sea de paso, que, como siempre, terminaría por experimentar sensibles variaciones. Pero trataré de ir por partes. A las nueve de la mañana del día siguiente, 12 de octubre, con mis cámaras al hombro y un inocente aire de turista despistado, me acercaba hasta las oficinas del Temporary Visitors Center, a las puertas del Cementerio Nacional de Arlington. Allí, una amable funcionaria -plano en mano- me señaló el camino más corto para localizar la Tumba del Soldado Desconocido. Una leve y fresca brisa procedente del río Potomac había empezado a mecer las ramas de los álamos y abetos que se alinean a ambos lados del drive o paseo de McClellan. A los pocos minutos, y temblando de emoción, divisé las plazas de Wheaton y Otis e inmediatamente detrás la tumba a la que, sin duda, hacía referencia el mensaje de mi amigo el mayor. Aunque el cementerio había abierto sus puertas hacía escasamente una hora, un nutrido grupo de turistas se repartía ya a lo largo de la cadena que aísla la pequeña explanada de grandes losas grises en la que se encuentra el gran mausoleo de mármol blanco en el que reposan los restos de un soldado norteamericano caído en los campos de batalla de Europa, y otras dos sepulturas -a derecha e izquierda del anterior- en las que fueron inhumados otros dos soldados desconocidos, muertos en la segunda guerra mundial y en la de Corea, respectivamente. Allí estaba el centinela; el único, según me informaron en el Centro de Visitantes, que monta guardia permanente en Arlington. «El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual...» Mis primeros minutos frente a la tumba fueron una indescriptible mezcla de aturdimiento, confusión y absurda prisa por asimilar cuanto me rodeaba. Y en mitad de aquel caos mental, la primera frase del mayor: «El centinela que vela...» Después de dos horas de observación, con los ánimos algo más reposados, saqué mi cuaderno de «bitácora» y comencé una frenética anotación de cuanto había sido capaz de percibir. El centinela -punto central de mis indagaciones- era relevado cada hora. Eso significaban 60 minutos... La verdad es que, conforme iba escribiendo, muchas de aquellas observaciones me parecieron ridículas. Pero no estaba en condiciones de despreciar ni el más nimio de los detalles. También hice una exhaustiva descripción de su indumentaria: guerrera azul oscura, casi negra, pantalón igualmente azul (algo más claro), con una raya amarilla en los costados, ocho botones plateados, guantes blancos y gorra negra de plato. Al hombro, un mosquetón con la bayoneta calada... Observo -seguí anotando- que el centinela, al llegar al final de su corto y marcial desfile ante las tumbas, cambia siempre el arma de hombro. Curiosamente, el fusil nunca aparece enfrentado al mausoleo. Pero, ¿qué tenía que ver todo aquello con el dichoso ritual? El corto paseo del soldado frente a los sepulcros discurría monótona y silenciosamente. Estaba claro que el centinela no podía hablar. Como es fácil de comprender, no me hice

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