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Cantinera Chilena

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Cantinera Chilena
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La Cantinera Chilena, mujeres heroicas

Cantinera Chilena Hoy.jpg

En Chile, cantinera fue el nombre que recibió aquella mujer que acompañó al ejército de ese país en campaña durante el siglo XIX en calidad de enfermera «autorizada oficialmente por el gobierno chileno para marchar junto a un regimiento», llevando a cabo labores domésticas, humanitarias y sanitarias. Pese a que hubo cientos de voluntarias que estuvieron dispuestas a ir al frente junto con sus esposos, hijos o amantes, la cantinera debía ser generalmente soltera, de «moralidad reconocida» y «probadas buenas costumbres», por lo que su imagen buscó alejarse del arquetipo de la «rabona» o la «prostituta» de los ejércitos latinoamericanos del siglo XIX, al menos en el ideario colectivo.

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Contenido

El término «cantinera» proviene de la voz «cantina», que en jerga militar de la época implicaba «desde una pequeña tienda de comestibles, hasta brindar al soldado convaleciente una alimentación especial o prestar ayuda en los más diversos problemas que el soldado enfrentaba.

Su nacimiento y origen de la cantinera se remonta a la segunda mitad de los años 1830. En la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, destacó el nombre de Candelaria Pérez, quien se enroló en el Batallón Carampangue y llegó incluso a obtener el grado militar de sargento por su "espíritu y valentía" en el asalto al cerro Pan de Azúcar durante la batalla de Yungay, ocurrida el 20 de enero de 1839:

Nota: Se ha conservado cuidadosamente la ortografía original, con sus contradicciones y frecuentes errores de léxico, redacción y tipografía.

El episodio más notable de la batalla fue el asalto de una formidable posición enemiga, situada en la cumbre de un cerro que por su forma se llama Pan de Azúcar

[...] En el asalto de Pan de Azúcar se distinguió entre los soldados más valientes una mujer llamada Candelaria Pérez, que hizo toda la campaña del Perú peleando atrevidamente en las batallas, soportando con alegría las privaciones y sirviendo con abnegación a los heridos i los enfermos. En recompensa de sus servicios y su valor, el Jeneral Búlnes le dio el grado de Sarjento y desde entonces fué conocida en Chile con el nombre de la Sarjento Candelaria.

En la guerra del Pacífico

Fue en la Guerra del Pacífico donde se produjo el mayor número de cantineras. La mayoría de ellas provenía de los estratos medio-bajo y bajo y de los centros urbanos, como Santiago y Valparaíso. El 1 de agosto de 1879, el capitán Rafael Poblete consintió admitirlas, puesto que auxiliaban «como vivanderas [...], prestando al mismo tiempo sus servicios en la enfermería [, decretándose] que cada regimiento podría ser acompañado de dos cantineras». Sin embargo, cada compañía tenía de una a cuatro cantineras que suplían lo que actualmente serían los distintos aspectos de la logística.

Las mujeres en la Guerra del Pacífico

Dentro de la historiografía chilena de la Guerra del Pacífico en la que destaca la obra de Gonzalo Bulnes, el papel desempeñado por la mujer es ignorado y por ello el objetivo de este trabajo es lograr conocer y demostrar cuál fue el rol de la mujer en la contienda.

Luego de una larga investigación, creo que es posible sostener la hipótesis de que a diferencia de lo que suele pensarse, la mujer chilena participó activamente en la Guerra del Pacífico y tuvo un rol importante como compañera, esposa, enfermera y dispensadora de beneficencia, aparte de haber tomado las armas en casos puntuales.

Hubo tres grupos o condiciones entre las mujeres que se destacaron durante la contienda. Primero están las más conocidas, las cantineras, aquellas mujeres que recién comenzada la movilización corrieron a alistarse en los regimientos impulsadas por su patriotismo como por el deseo de ayudar a las víctimas de las batallas. Estas mujeres vestían el mismo uniforme que los soldados de su batallón, ayudaban durante los combates repartiendo agua y municiones, socorriendo y aliviando a los heridos e incluso empuñando el fusil y luchando en caso de necesidad. Las cantineras muchas veces fueron verdaderas madres de los soldados, como protectoras, enfermeras y confidentes. Ellas han registrado sus nombres en la historia, nadie puede olvidar a Irene Morales que, viuda dos veces, residiendo en Antofagasta al momento que fue recuperada por Chile en febrero de 1879, siguió al Ejército chileno en todas las campañas.

El segundo estaba compuesto por aquellos miles de mujeres que permanecieron en sus hogares y cumplieron una labor, en la mayoría de los casos anónima, pero no por ello menos significativa. Ellas cooperaron, en la medida de sus posibilidades, en la confección de uniformes, ropa interior, pañuelos; otras fabricaron sábanas, vendajes, apósitos e implementos hospitalarios; fueron muchas las mujeres que bordaron banderas, estandartes y gallardetes; otras las que engalanaron las calles con arcos de triunfo y flores para el paso de los soldados que regresaban victoriosos, y todas en conjunto oraron por el triunfo de las fuerzas chilenas.

Sin embargo hubo dos rubros o actividades donde el papel de la mujer de la ciudad tuvo un significado especial. Uno de ellos el trabajo hospitalario y el segundo, la labor desplegada en la ayuda a los desamparados de la guerra. En el primero, la dedicación principalmente fue hacer hilas y otras vituallas para los heridos y ayudar a los que regresaban al país y debían permanecer en los hospitales en un momento en que la cantidad de nosocomios no eran suficientes para atender a tantos enfermos. El segundo rubro se refiere a las varias sociedades de beneficencia que tan eficientemente cooperaron auxiliando a las viudas y huérfanos que dejó la guerra (…).

El embarque hacia Antofagasta

En los siglos anteriores, cuando los ejércitos no contaban con la logística, intendencia y demás servicios actuales, fue costumbre que las mujeres los siguieran cuando se encontraban en campañas militares. Esto se vio en todas partes del mundo y ejemplo de ello lo tenemos en las rabonas de los ejércitos peruano y boliviano, en Flandes, México, Argentina o Colombia.

El Ejército expedicionario chileno no fue una excepción respecto a esto, siendo común que las mujeres siguieran a los soldados hacia Antofagasta desde los comienzos de la Guerra del Pacífico. Efectivamente, las mujeres empezaron a llegar a Valparaíso desde distintos puntos del país para embarcarse hacia el Norte. Un ejemplo de ello fue el Batallón 3° de Línea, el que partió en tren desde Angol hacia Valparaíso deteniéndose en su trayecto en Talca y en Rancagua. Frente a esto, los corresponsales del diario El Ferrocarril comunicaron a Santiago: “Talca, 13 de febrero de 1879. Desde las primeras horas de la mañana una gran concurrencia invadía toda la estación ansiosa de presenciar el embarque de las 3 compañías del 3º de Línea que iban a Valparaíso. Esa fuerza compuesta de 11 oficiales, 280 hombres de tropa y como 100 mujeres, ocupaba un tren especial”.

El corresponsal en Talca, describía la partida de los que iban a Santiago a enrolarse en el Regimiento de Artillería de Línea de la capital: “Durante el tiempo que duró la despedida, fuimos testigos de escenas bastante tristes y conmovedoras que desgarraban el corazón: en una parte padres despidiéndose de sus hijos, hermanas de sus hermanos, esposas de sus esposos, etc. También iban 2 carros completamente llenos de mujeres en número como de 200”.

En Concepción se formó un batallón para ir a la guerra y se aseveraba que por ello “la ciudad ha perdido de 800 a 900 habitantes, porque mujeres fueron muchas a compartir con el soldado los azares de la campaña”.

El embarque del Batallón 2° de Línea, enviado a Antofagasta, suscitó tal interés que El Mercurio le dedicó dos artículos diferentes el mismo día. Uno de ellos relató cómo fue el despacho de las tropas propiamente tal, presidido por el ministro de Guerra y el comandante general de Armas, y que el embarco se efectuó en tres lanchas y un lanchón hasta llegar a bordo del “Rímac”. “El vapor ‘Rímac' salió más tarde con la tropa y las mujeres de los soldados. Las rabonas, o sea las camaradas, como los militares llaman a sus mujeres, fueron embarcadas una hora antes que la tropa. Dos lanchas salieron cargadas con 100 mujeres, pero creemos que con más chiquillos que mujeres”.

En el otro artículo se testimoniaron las peripecias que tuvieron que hacer las mujeres para acomodarse en el “Rímac”:

“Las mujeres de la tropa fueron alojadas en el piso superior del vapor, en cubierta, bajo una gran carpa. Tuvimos la curiosidad de visitar ese alojamiento; una visita de esta naturaleza y a tal local no carece de curiosidad. Por de pronto, la primera impresión de tal museo ambulante es de una novedad encantadora. Ahí estaban 80 y tantas mujeres, revueltas con tortillas, barrilitos, tremendas pañoladas de humitas, arrollados y otras municiones de guerra; todo esto amenizado con chiquillos que gritan, párvulos que riñen y muchachos que devoran. ¿Van ustedes contentas? les preguntamos a estas Cornelias a la rústica, ¡pues noria! (sic) nos respondió una amazona de rompe y rasga, nosotras somos soldados y a la guerra vamos. Y ustedes agregó una (in)oportuna interruptora, ustedes que no vienen más que a curiosear, ¿por qué no nos dejan un vientecito? Pero chica, ¿qué papel haría un pobre 2º entre doscientas interesadas? Sabemos que se habían puesto en lista los nombres de 120 camaradas; pero como a última hora se les dijera que sus compañeros podrían dejarles mesada, algunas desistieron del viaje, y solo partieron una 80 y tantas”.

Días después, el corresponsal de El Mercurio informaba sobre la partida de otro barco hacia el Norte: “El contingente que llevará hoy el ‘Limarí' a Antofagasta en derechura, se compone como de 500 hombres y 100 mujeres, además de 120 caballos de los Cazadores que salieron en el Santa Lucía. El jueves estará el ‘Limarí' en Antofagasta”.

Pero no a todas las mujeres les agradaba partir a la guerra. Los Tiempos, en un número de marzo de 1880, informa:

“en la subdelegación de Santa Bárbara se ha ahorcado una infeliz mujer. Dicen que el motivo de este suicidio ha sido el rumor que propaló un individuo de que todas las mujeres que vivían en relaciones ilícitas iban a ser enviadas a la guerra para fabricar pan para el Ejército”.

Para tratar de detener la gran afluencia de mujeres a Valparaíso, que llegaban por ferrocarril procedentes de distintos puntos del país, el gobierno tomó medidas. Hasta entonces se otorgaba pasajes gratis en los trenes a los soldados y sus mujeres desde el lugar que provenían hasta la ciudad donde se instruían como reservas del Ejército. Esto llevó a que se abusase impunemente de estos medios de transporte, por lo que se ordenó:

“que en adelante los jefes de los cuerpos existentes en esta capital pasen a esta comandancia general una lista de las mujeres de los individuos de tropa de los suyos que se hallen en el caso de obtener pasaje libre para volver a sus casas. A las mujeres que pertenezcan a los contingentes de tropas que se envíen a Valparaíso con objeto de embarcarse al litoral del Norte no se les dará pasajes para aquel puerto, a no ser que tengan allí su domicilio. El señor ministro de Guerra, teniendo presente esto último y consultando el bienestar de las pobres mujeres, que de puntos y lugares apartados, vienen siguiendo a sus deudos (o no deudos) de quien muy bien pueden despedirse en sus hogares, ha expedido con fecha 14 del corriente la siguiente orden que se ha circulado para todas las provincias”.

Decreto del 14 de junio de 1879

No obstante, poco tiempo después se empezó a notar cierta incomodidad entre las autoridades por el alto número de mujeres instaladas en Antofagasta. La primera reacción procedió del capellán Ruperto Marchant Pereira, quien, en marzo de 1879, escribía: “Florencio se está portando como un héroe: ayer emprendió una verdadera cruzada en los cuarteles, perorando a la tropa a fin de que concurrieran a la misión. A indicación suya se ha mandado echar fuera a todas las mujeres que estaban allí revueltas con los soldados y se ha prohibido bajo prisión el bañarse desnudo, lo que era aquí moneda corriente a pesar de hallarse en el mismo punto, y a descubierto el baño de hombres y mujeres”.

Se empezó a advertir entonces a las mujeres los inconvenientes de acompañar a sus hombres. El corresponsal de El Ferrocarril hacía ver la necesidad de que el gobierno tomara medidas para evitar que las mujeres fueran al Norte: “De Caldera a las 4 PM. Sírvase comunicar por telégrafo al gobierno que con la tropa no vengan mujeres. Se aumenta el consumo y tienen mucho que sufrir”.

Unos días después un periodista relataba:

“Las pobres camaradas cantineras han quedado en este puerto abandonadas y llorando como Magdalena. Ningún soldado ha llevado la suya o las suyas y cuanto han podido dejarles algunas escasas asignaciones mensuales para que no se mueran de hambre en esta desolada costa. Por eso las pobres se lamentaban y quejaban a sus jefes. ‘Que mi capitán' arriba, que ‘mi teniente' abajo, pero no ha habido escapatoria. Todas han tenido que quedarse aquí y bueno será que esta lección sirva de escarmiento a las infelices que por seguir a sus maridos o a sus dragoneantes no hacen caso de las advertencias y de las prohibiciones y se vienen de guerra en los vapores”.

Más tarde, en junio del mismo año, el general en jefe del Ejército del Norte fue notificado por el ministro de Guerra y Marina, Basilio Urrutia, sobre la propagación de enfermedades venéreas en el Ejército y la necesidad de solucionar este problema a la brevedad posible. Por ello establecía la urgente necesidad de que las mujeres de cada batallón fueran examinadas por los médicos para evitar la propagación de estas enfermedades:

“El presidente de la Comisión Sanitaria del Ejército en Campaña me dice lo que sigue: Tiene conocimiento esta Comisión de que las enfermedades venéreas se han propagado en el Ejército del Norte de una manera lamentable y cree de absoluta necesidad para contener su desarrollo progresivo y los males consiguientes, que Ud. se sirva ordenar al Cuerpo Sanitario que allí reside o a quien corresponda, que semanalmente examinen a las mujeres del batallón para averiguar si se encuentran infectadas y ordenar su retención y aislamiento hasta que no se encuentren curadas. Algunas otras medidas de localidad tal vez podrían tomarse sobre este mismo asunto, como ser la de transportar a las mujeres que, según indicaciones, hayan transmitido con más frecuencia las enfermedades venéreas. Para ello serían del resorte de las autoridades locales, a las cuales sería conveniente indicarles que tomen algunas medidas a fin de evitar las desastrosas consecuencias de la propagación de estas enfermedades en el Ejército. Lo transcribo a Ud. para su conocimiento, juzgando, por mi parte, de suma importancia se hagan observar las disposiciones de la ordenanza del Ejército en esta materia, para que no se hagan enganches de personas enfermas, ni se embarquen tropas para el Norte sin previo reconocimiento de su estado sanitario. Cualquier principio de enfermedad venérea tiene, por necesidad, que tomar un desarrollo considerable con el temperamento del Norte, y, según todos los informes que tengo, ese mal ha sido inoculado desde aquí. Me permito pues recomendar a Ud. el que se tomen desde luego todas las medidas preventivas que aconseja la prudencia para evitar el desarrollo de un mal que puede tomar proporciones considerables”.

14 de junio de 1879: Este día en respuesta a esta notificación se publicó oficialmente la primera prohibición por parte del gobierno para que no fuesen mujeres acompañando al Ejército:

“El buen servicio público exige que al emprender su marcha los contingentes de tropa de las provincias y departamentos de la República, con destino al Ejército Expedicionario del Norte, no sean acompañados por mujeres, porque, además del mayor gasto que estas originan en los transportes, entorpecen los movimientos de la tropa y la rápida ejecución de las órdenes superiores. Dios guarde a Ud. Basilio Urrutia. Circulado por el ministro de Guerra a las comandancias generales de Armas de la República”.

Los problemas de que fueran las mujeres tras el Ejército también fueron notados por los extranjeros. Tal es el caso del marino norteamericano Theodorus Mason, quien hablando sobre la organización del Ejército chileno, manifestó que: “en momentos de paz, los soldados vivían de su paga, estando la comida y el lavado de la ropa a cargo de sus propias mujeres, que siempre acompañaban a la tropa, hasta que los inconvenientes de este sistema se hicieron evidentes en Antofagasta y determinaron la organización de un comisariato regular”.

Establecimiento de normas

Investigando las posibles causas de los problemas sanitarios que afectaban a los soldados en campaña, se llegó a la conclusión que el gobierno preocupado de reunir y organizar sus unidades no prestó mayor atención al estado sanitario del personal, el cual “no contó con examen médico alguno, llegando al Norte individuos aquejados de toda clase de enfermedades y achaques, cuyos males pronto encontraron campo propicio en aquel duro clima”.

30 de junio de 1879: El gobierno, a instancias reiteradas del general en jefe, hizo presente: “que los jefes de los cuerpos de Reserva y demás que se organicen y ordenen el examen de los individuos y alisten solo a los robustos y de buena salud”. Era necesario que los soldados enganchados y enviados al Norte estuviesen completamente sanos porque, por una parte, el clima favorecía el recrudecimiento de las enfermedades sociales en algunos individuos, y por otra, existía una gran “falta de atención médica durante el período de operaciones” y, finalmente, también por el hecho de que hubiese tantas mujeres acompañando a soldados sin haberse previamente sometido a algún tipo de examen médico.

Se vio entonces la necesidad de que los médicos del Ejército tuvieran un exacto conocimiento de “las afecciones herpéticas, fiebres eruptivas, afecciones tifoideas, fiebres sinocales, afecciones sifilíticas y venéreas, neumonías y afecciones orgánicas del corazón”, porque eran muy frecuentes entre los individuos de tropa.

Las principales dolencias que se desarrollaban entre los soldados en el Norte eran las tercianas, catarro bronquial, reumatismo, fiebre tifoidea, disentería y paperas, siendo las enfermedades venéreas las que cobraban más víctimas.

Los primeros controles sanitarios se practicaron después de la batalla de Tacna cuando la Comandancia General de Armas dictó órdenes “de medidas preventivas como ser la prohibición de venta de licores, el cierre de despachos, cafés y prostíbulos a cierta hora”.

Por otra parte se empezó entonces a examinar a las mujeres que estaban en los campamentos militares. El médico Guillermo Castro informó que él, en Tacna, otorgó “certificado de sanidad a dos mujeres”. Lucio Venegas en su obra “Sancho en la guerra” relata: "En Pisco se presentó “el jefe a Sancho” y le ordenó “que reuniera las rameras del campamento... una vez juntas, como un mansísimo rebaño, el pastor-teniente debía conducirlas a una ambulancia para que las examinara un galeno entendido”.[1]

Ante todos estos problemas de salud las autoridades procedieron entonces con severas medidas “y merced al celo desplegado, el estado sanitario cambió rápidamente, a tal punto que las salas especiales del hospital quedaron poco a poco desiertas”.

Desnudez, violación, vejámenes, asesinato y posterior decapitación y descuartizamiento de tres Cantineras chilenas y niños, por cobardes peruanos e indios

'General Del Canto, jefe de la expedición a la sierra en 1882, escribe en sus memorias, el desastre de La Concepción

Curiosamente el General Estanislao del Canto Arteaga, jefe de la expedición a la sierra en 1882, en páginas 243-247 de sus memorias, relata el desastre de La Concepción, lugar donde llegó recién sucedidos los hechos y no menciona para nada que se encontrara con cadáveres de mujeres. Sí pide de inmediato represalias y ordena ejecutar a todo hombre que se encuentre en ese lugar entre los 16 y los 50 años dejando bien en claro que la pena no se aplica a mujeres, niños ni ancianos. [2]

Transcribimos a continuación los relatos más divulgados del Combate de La Concepción:

"El Combate de Concepción". El Ferrocarril, Santiago, 28 de julio de 1882:

"La cuarta compañía del Batallón Chacabuco nos fue a relevar el 9 del presente, y el día 10 nos vinimos a esta. El mismo día 10, atacaron a Concepción 2.000 indios, entre los cuales había como 300 armados de rifles y los demás de lanza. El combate principió a las 5 de la tarde del día 10 y concluyó el 11 a las 9 de la mañana (sic), hora en que quemaron el último cartucho. Todos quedaron en el campo, desde el capitán hasta el corneta. Las bajas son las siguientes: oficiales: Ignacio Carrera Pinto (quien acababa de recibir sus despachos de capitán); teniente, Arturo Pérez Canto; subtenientes, Julio Montt y Luis Cruz y 70 soldados, que era el personal de la compañía. Ultimaron también a cinco mujeres que acompañaban a la tropa (sic); entre ellas había una recién desembarazada y con mellizos. Los asaltantes se enfurecieron contra estas infelices, sin perdonar a los dos pobres niñitos, a quienes lancearon, juntamente con la madre y sus compañeras de guarnición".

"Después de La Concepción las tres cantineras mujeres chilenas fueron arrastradas hasta la plaza. Allí se las desnudó y se las vejó. Luego murieron masacradas por las lanzas y las armas peruanas. El muchachito de 5 años y la criatura de solo algunas horas de existencia también fueron muertos"[3]

Candelaria Peréz considerada la primera mujer de las FF.AA. de Chile

Sargento Cantinera Candelaria Perez.jpg

Sargento Cantinera Candelaria Pérez, Mujer militar chilena héroe en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana 1836-1839. Participó después en el combate de cerro Pan de Azúcar, en la Batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839, en donde obtuvo el grado de Sargento, por el valor demostrado.

Josefa del Carmen Herrera

Cantinera héroe Josefa del Carmen Herrera

Josefa del Carmen Herrera, Cantinera del Cuarto de Linea con sus medallas recibidas durante la guerra.

Susana Montenegro

Susana Montenegro, cantinera del Regimiento 2º de linea, se mantuvo dentro de las instalaciones de la enfermería protegiendo a los soldados heridos chilenos. Cuando el fuego consumió hizo arder todo, salio con rifle en mano a luchar, pero fue capturada por los perros perianos, y violada reiteradas veces por los cobardes cholos perruanos y finalmente la asesinaron sentándola sobre un sable, al estilo de un empalamiento,los Cobardes peruanos le atravesaron un SABLE desde la vagina hacia el pecho.

Irene Morales

Cantinera Irene Morales "La Fiera"

Irene Morales, nació en La Chimba, Santiago, y se reclutó disfrazada de hombre. Al ser descubierta, fue asignada como cantinera. Llegó incluso a usar el fusil en las batallas, como en la toma de Pisagua, en Dolores, donde su desempeño fue reconocido por el general Manuel Baquedano; en Tacna, Arica, Chorrillos y Miraflores.

N N y N N: En la batalla de La Concepción, en la que se batió el Regimiento 6° de Línea "Chacabuco", «fueron muertas también dos mujeres de los soldados, de tanto coraje, que en lo más recio del combate, animaban a los suyos en alta voz que continuasen peleando».

Adelina Quiroga

Cantinera Héroe Adelina Quiroga

Una de las pocas que se fotografiaron

Manuela Peña

Mientras ella era cantinera, su hijo Nicolás Rojas, de 14 años, era tambor.

Matea Silva de Gutiérrez

Matea Silva (☆ 1844-†28 de abril de 1928), se desempeño como Enfermera en la ambulancia del Regimiento Atacama, durante la Guerra del Pacífico, cuando tenía 35 años. Casada con el soldado nacido en Copiapó, Manuel Gutiérrez, de la Primera Compañía del Primer Batallón de Atacama. El amor por su marido la hizo acompañarlo al frente de batalla. Lucho a la par con sus "niños" como les decía a los soldados chilenos, contra los peruanos. Falleció el 28 de abril de 1928, a los 84 años de edad y sus restos descansan en el Mausoleo de los Veteranos del 79´en Antofagasta.

Matea Silva de Gutierrez, enfermera del Regimiento Atacama

Carmen Vilches

Cantinera héroe Carmen Viches

Cantinera del Batallón de Mineros de Atacama. A quien debemos recordar como protagonista en una de las hazañas más grandes en la guerra del pacifico: La toma del cerro Los Ángeles.

Fue ahí donde la soldado-cantinera de atacama tuvo una heroica participación, en la toma del inexpugnable “Fuerte Los Ángeles” las tropas peruanas-bolivianas nunca imaginaron que un puñado de soldados mineros seria capaz de subir el inmenso cerro y derrotarlos.Entre esos bravos marchaba Carmen Vilches, que en una lanza clavo sus bombachas coloradas y trepo, ella delante de los hombres disminuidos por la batalla …en la oscuridad en silencio …al mando de Rafael Torreblanca…. Una de las batallas más grandes de la guerra se ganó, y no fue una bandera lo que se clavo en la cima de tan inexpugnable fuerte, sino que el pantalón rojo de la cantinera de atacama, que impulso a la victoria a sus compañeros Atacameños.

"Carmen fue cantinera del Batallón Atacama, y al igual que Filomena Valenzuela tuvo una destacada participación en el combate de Los Angeles, ascendiendo hasta la cima "sin demostrar cansancio ni vacilación" . En el parte oficial del combate, el comandante del Atacama, Juan Martínez, informó al General Baquedano:

"Creo un deber de mi parte, hacer presente a Ud. que los méritos contraídos por la cantinera Carmen Vilches, durante la penosa jornada del Hospicio al Valle, dando agua y atendiendo a los que caían rendidos por la fatiga, como igualmente peleando en el asalto de la cuesta de Los Angeles con su rifle e infundiendo ánimo a la tropa con su presencia y singular arrojo, obligan nuestra gratitud y la hacen acreedora a un premio especial".

Gonzalo Bulnes, aunque pocas veces menciona mujeres en su obra, con Carmen Vilches hace una excepción al señalar que entre los primeros que llegaron a la cumbre del picacho en el combate de Los Ángeles deben destacarse "... el jefe del cuerpo, Martínez; Torreblanca y una heroica mujer, llamada Carmen Vilches, cantinera del cuerpo, que subió asistiendo con su caramañola con aguardiente a los más fatigados" . En la lista de heridos del Batallón Atacama en Los Angeles, figuró la cantinera Vilches con una contusión en la mano izquierda , siendo "ejemplo de gran valor, trepando con los atácameños la empinada cuchilla y haciendo fuego sobre el enemigo con su rifle, como cualquier otro soldado" Su hazaña no pasó inadvertida por la opinión pública; prueba de ello es la carta que se publicó en el diario El Constituyente, donde se insinuaba que se le tributara un homenaje porque "ayudó a detener a los peruleros"."[4][5]

Juana Alcaíno Ibarra

Cantinera héroe Juana Alcaino

Juana Alcaíno Ibarra del Batallón Victoria en San Bernardo,1880. Cantinera, añadida al Regimiento Cívico Talca. Fallecida 19 de junio 1930, sepultada en la cripta de la catedral de San Bernardo. Falleció como indigente sola y abandonada por el Ejército y por Chile, como muchas de nuestras heroínas.[6]

Al estallar la Guerra del Pacífico Doña Juana, se enroló en el Regimiento Talca en la tercera compañía de la primera división. Junto a su hermano José. Pelearon juntos en las Batallas de Chorrillos y Miraflores. Donde sobreviven y le dan sus reactivas medalla de la campañas que participaron donde se llenaron de gloria.

Existen notas respecto de que fue amparada por el Club Talca, institución fundada en 1868, pero debido al desamparo en que vivió sus últimos días, en la total indigencia, para muchos expertos y estudiosos, esto nunca se realizó.

La última fotografía de la gloriosa cantinera Juana Alcaíno Ibarra, tomada por Revista Sucesos en enero de 1930. Aquí se le ve completamente ciega, razón por la cual en San Bernardo era conocida por "La Cieguita" como sale escrita en la foto. Muchos de los habitantes del pueblo desconocían el pasado glorioso de esta abuelita que mendigaba por las calles de San Bernardo.

2010 Su cuerpo trasladado a la Catedral de San Bernardo

6 de septiembre de 2010: El Obispado de San Bernardo rindió homenaje a sus héroes. Un día histórico e inolvidable se vivió en la comuna San Bernardo, con todos los honores fueron trasladados los restos del fundador de la ciudad y de 7 veteranos de la Guerra del Pacífico a la Cripta de la Catedral de San Bernardo.

Traslado de héroes de la Guerra del Pacífico el 6 de septiembre de 2010.

Los héroes de la Guerra del Pacífico, arribaron en procesión desde el Cementerio Parroquial de dicha comuna, trasladados en una cureña tirada por ocho caballos del Ejército de Chile, para luego ser depositados en la Cripta de la Catedral de San Bernardo.

Las urnas contenían los restos de Don Domingo Eyzaguirre y Arechavala, fundador de la ciudad de San Bernardo y de los veteranos de la Guerra del Pacífico: cantinera Juana Alcaíno Ibarra, Coronel José Francisco Vargas Grosse; Mayor Ismael Soto Isla; subteniente Joaquín Barrientos Contreras; Vice Sargento 1º Juan Bautista Durán Durán; Cabo 2º José Luis Jeldres González y el Soldado José Eufrasio González López.

Los féretros recorrieron por más de una hora las principales arterias de la comuna, fueron homenajeados por toda la comunidad sambernardina, quienes con aplausos y banderas chilenas los despidieron.

En el frontis de la Ilustre Municipalidad una Compañía compuesta por las ramas del Ejército de Chile, Fuerza Aérea y Carabineros, le rindieron los honores militares.

Luego en las afueras de la Iglesia Catedral, el Obispo de San Bernardo rezó un respondo por el eterno descanso de sus almas. Y se le entregó la bandera de Chile a cada representante de la familia.

Al compás del séptimo de línea ingresaron los féretros hasta la cripta, momento de emoción para todos los asistentes. Luego, Monseñor Juan Ignacio esparció sobre las urnas Tierra Santa traída desde Jerusalén y agua bendita del Rio Jordán.[7]

La imagen nos muestra los féretros de los guerreros de la Guerra del Pacífico, pertenecientes a la ciudad de San Bernardo, el día que fueron trasladados a la Cripta de la Catedral de San Bernardo. Los restos de la Cantinera Juana Alcaíno Ibarra, están señalados bajo el nombre de WikicharliE, escoltada por una alumna, la única mujer del cuadro de honor de la Escuela de Suboficiales de Chile./San Bernardo, 6 de septiembre de 2010.

María Quiteria Ramírez

Cantinera María Quiteria Ramírez.

Cantinera María Quiteria Ramírez apodada "María la Grande". Nació en Illapel en 1850 y se enroló como la primera cantinera del Regimiento 2.º de Línea. Bajo las órdenes de Eleuterio Ramírez, participó en la Batalla de Tarapacá, donde fue capturada y luego conducida a Arica junto al ejército en retirada. Tras la Batalla de Arica, recuperó su libertad y se reincorporó a su regimiento. Se batió en la batalla de Chorrillos. (Leer carta enviada por María Quiteria al General pidiendo ayuda)

Traje de cantinera Maria Quiteria Ramirez 1879. Descripción: Uniforme formado por chaqueta y falda de terciopelo azulino y rojo. 1- Chaqueta ajustada en la cintura. Abrochadura doble, cruzada, con botones dorados. Cuello sport con solapas de color rojo. Mangas largas con botamanga en terciopelo rojo. 2-Falda azulina, corta, evasee. Lleva una aplicación (franja) de terciopelo rojo.

Carta de María Quiteria Ramírez

Cantinera Héroe María Quiteria Ramírez

Soy la Cantinera del Regimiento 2º de Línea María Quiteria Ramírez, nací en Illapel, tengo 31 años de edad.

En el mes de Octubre de 1879 me embarqué para Antofagasta y el 14 del mismo mes, después de una entrevista con el valiente Comandante Don Eleuterio Ramírez fui aceptada y me incorporé como primera Cantinera del Regimiento 2º de Línea. Poco después pasamos a la Toma de Pisagua.

En este lugar el Comandante Ramírez me expresó que tan luego como se pasase revista se determinaría el sueldo que me correspondía por la plaza que ocupaba en el Ejército de Chile, pero la revista no se llevó a efecto porque marchamos inmediatamente al campamento de Dolores. Después de ese Combate mi Regimiento marchó a batir las fuerzas peruana a Tarapacá donde caí prisionera con algunos Soldados del Ejército.

Hice a pie la travesía de Tarapacá a Arica prisionera del General Buendía; la toma de Arica por nuestros valientes soldados me dio la libertad, olvidé mis sufrimientos y volví a incorporarme en mi mismo Regimiento, el 2º de Línea.

Preparada la Expedición a Lima, nos embarcamos para Pisco y de ahí hice la travesía por tierra del Valle de Lurín, me encontré en el Combate de Chorrillos y en la sangrienta jornada de Miraflores entrando enseguida a Lima con el Ejército vencedor.

Regresé a Chile con parte del Ejército el día 14 de marzo de 1881 y mi salud quebrantada por tantas fatigas me puso a las puertas de la muerte después de haber escapado a las balas; una horrible enfermedad del hígado y una fiebre terciana tenaz, habrían dado fin a mi vida si no hubiese hallado la mano caritativa de una comisión que daba auxilio a los heridos y que me atendió generosamente hasta ponerme fuera de peligro.

Vengo ahora señor en solicitud de los sueldos o recompensas en que puedo ser acreedora por los servicios que he prestado en el Ejército y suplico a US. pida informe a los Jefes de mi Regimiento que actualmente están en Santiago mi Coronel Don Miguel Arrate, mi Mayor Sr. Don Pedro Nolasco del Canto.

Quedaré eternamente agradecida de cuanto se haga por mi, viviendo hoy día como vivo en la mayor indigencia.

Es Justicia

María Quiteria Ramírez

    • Colección Ministerio de Guerra del Archivo Nacional de Chile

Filomena Valenzuela Goyenechea

Cantinera héroe Filomena Valenzuela Goyenechea

Filomena Valenzuela Goyenechea, apodada por los soldados chilenos como "madrecita", nació en Copiapó en 1848. De familia acomodada, fue esposa del director de la banda del Regimiento Atacama, en el que se enroló. Participó en la Toma de Pisagua y en las Batallas de Dolores, y de Los Ángeles, donde obtuvo el grado de subteniente; Tacna y Miraflores. Al término de la guerra, se radicó en Iquique.

María Flor Cádiz de Rivera (1842-1933)

Gracias a los Historiadores y profesores chilenos José Altamirano y Pablo Ugarte, quienes investigaron la imagen encontrada en los archivos de la Biblioteca nacional y que hace referencia solo a M.c. de Rivera (Nombre y apellido ), adjunto a esto existe un número el r1128. Ante irrefutables detalles, la investigación arroja como resultado de que se trataría de María Flor Cádiz de Rivera (Heroína talquina de la Guerra del Pacífico) ya que las siglas M.c. de Rivera coinciden con el nombre, pero lo que permitió asegurar su nombre fue el número r1128, este correspondería al número del Registro civil de Talca, su defunción esta anotada con fecha 1933, pagina 190 "registro 1128" Maria Flor Cádiz de Rivera

María Flor Cádiz de Rivera, (☆ Valparaíso 1842-†Talca, 25 de diciembre 1933), Hija de Ramón Cadíz y Carmen, casada con el capitán de Ejército Juan Ramón Rivera Moya, oriundo de Talca y caído en combate como capitán del Buin, en Chorrillos.

Aunque no fue a batalla ni a la guerra,fue nombrada Cantinera ad honorem por la ciudad de Talca. Luego cuando las tropas del "Batallón Talca" volvieron a su ciudad. Fue ella la que tomo la iniciativa junto a otras señoras de sociedad, de cuidar a los soldados ayudando en los hospitales, hospicios y hasta en su propia casa. Brindo cariño y parte de su poco dinero en alimentar y pagar por el cuidado de estos veteranos de la guerra. Ella, nunca salio de la ciudad, se transformo en la Florence Nigthingale Talquina. Muchos héroes recibieron la atención de ella y cuidados de ella.

Se dice que la perdida de su marido el capitán Juan Ramón Rivera Moya fue uno de los mayores dolores de su vida, dolor que trato de sobrellevar ayudando a los bravos guerreros de la Guerra del Pacífico talquinos. Cantinera Chilena y Heroína talquina de la guerra del Pacifico, en la que participo a los 37 años. Hoy sus restos descansan en un nicho olvidado del Cementerio de Talca, lejos del mausoleo de los veteranos de la Guerra del Pacífico, donde debería estar.

† Su muerte 1933

El Registro civil de Talca anota la defunción de Maria Flor Cadiz de Rivera en 1933, pagina 190 registro 1128, debido a una arteriesclorosis avanzada. Los registros indican que dio su último aliento en su casa ubicada en la 2 sur 1064. Su muerte la ciudad entera estuvo de luto, con las banderas a media hasta, inclusive las del regimiento, por ordenes del propio comandante. Los veteranos de la Guerra del Pacífico encabezados por el Capitán Manuel Fernando Parot Silva, le rindieron un pequeño homenaje, agradeciendo sus desvelos y cuidados.

Hoy, la historia de esta Cantinera Talquina, esta olvidada, sus propios coterráneos no saben quien fue y ni siquiera saben que existió. Hoy una fría y olvidada placa que inclusive, tiene su nombre mal escrito en el primer patio del Cementerio de Talca, recuerda a esta heroína y cantinera que dio vida a muchas generaciones de talquinos, salvando la vida de los ancestros guerreros de los que hoy caminan por la ciudad de Talca.

Epitafio

"A LA NOBLE Y HEROICA ACTITUD DURANTE LA GUERRA DE 1879"

Ella debería estar descansando sus restos en el mausoleo de los veteranos de la Guerra del Pacifico en el cementerio de Talca, y no perdida en un patio, lejos de sus queridos veteranos"

Dolores Rodríguez

Dolores Rodríguez era esposa de uno de los soldados que se batieron en Tarapacá, a quien acompañó. Al quedar viuda, empuñó el fusil y luchó hasta caer herida. Cantinera de los Zapadores, oriunda de Caleu, era esposa de uno de los soldados que participo en la batalla de Tarapaca, acompañándolo a la guerra, al quedar viuda tomo el fusil y lucho hasta quedar herida en una pierna, rompió una de sus enaguas para poder vendarse con sus propias manos, siendo esta una de las más resistentes en la marcha hasta llegar a Agua Santa. Se le concede el grado de Sargento por su valentía y arrojo.

Dolores Rodríguez: Cantinera del 2º de línea, Galería de Arte Juan Crass Carter

Rosa González

Sin datos

Clara Casados y Eloísa Poppe

El sacrificio de Clara Casados y Eloísa Poppe, en el combate de la Concepción, puesto que: “llovían las balas, y esas patriotas mujeres, sin temor ninguno, confortaban, curaban y ayudaban a bien morir a los que, la mala suerte enviaba a pasar la última revista; y sin espera galardón, ni premio alguno, cumplían estrictamente con su deber.

Estas camaradas cumplieron con su misión.

Mercedes Debía

Se enrolo en el Batallón Movilizado Bulnes y peleo bravamente en Dolores, Pisagua, Los Ángeles, Tacna, Arica, Chorrillos y Miraflores.

Rosa Ramírez y Leonor Solar

Banda y oficiales del regimiento 2° de Línea en Antofagasta, octubre de 1879, se aprecia una cantinera a la derecha puede ser Leonor Solar o Rosa Ramírez, ultrajadas y quemadas en la Batalla de Tarapacá.

Leonor Solar fue apodada "La Leona". Esta cantinera estaba casada con sargento del 2º de Linea a quien acompaño como inseparable compañera en la guerra, sus camaradas la bautizaron la "Leona", su marido fallece en la batalla de Tarapaca y ella muere asesinada, violada, quemada y destazada por los asquerosos peruanos en la misma batalla, junto a su compañera Rosa Ramírez.

Los hechos

27 de noviembre de 1879: Durante la Batalla de Tarapacá, el comandante Eleuterio Ramírez fue herido en un brazo, por ello se refugió en una construcción inmediata al lugar donde se encontraban las dos cantineras del 2° de Línea quienes "le curaron y en ese lugar infame fueron quemadas" [8]; "cuando cumplían abnegada y caritativa misión la Leonor González y la Juana Soto vivanderas del movilizado Chacabuco” [9]

Dentro de los documentos oficiales de Pascual Ahumada Moreno, en unas correspondencias de carácter oficial, se detalla los siguiente:

“…Al ver caer a su jefe, los soldados del 2°, que ántes lo amaban como a un padre i lo adoraban ahora como a un héroe, acudieron en tropel a socorrerlo derramando abundantes lágrimas. No fueron las ultimas las tres valientes mujeres que servían de cantineras en el regimiento, una de las cuales ya en las pantorrillas una leve herida; pero el comandante, viendo el peligro que allí corrían los suyos, les ordenó con voz entera que se retiraran a la casita i o dejaran allí, teniendo que reiterar varias veces aquella orden…” [10]

En la misma correspondencia de la batalla de Tarapacá, se afirma que ambas permanecieron junto al cadáver de Ramírez en una casa que "estaba convertida en un hacinamiento confuso de muertos i heridos. Entre los heridos que no podían moverse se encontraban 2 de las cantineras del 2°, que no se habían separado un momento de las filas de su regimiento i que prestaron durante todo el combate los más útiles servicios. Ellas arrastraban hacia la casita a los heridos en medio de la granizada de balas enemigas, registraban las cartucheras de los muertos para proveer de municiones a los vivos, i se multiplicaban por todas partes para vendar a la ligera a los heridos. Al asaltar en tropel la casita momentos después de la retirada de los nuestros, remataban a palos a los heridos. Las dos mujeres i algunos heridos, animados con la presencia del enemigo i vendiendo caras sus vidas, resistieron aún dentro de la casa, hiriendo a los asaltantes con sus yataganes i defendiéndose, como su jefe, hasta exhalar el último suspiro", [11]

Lucio Venegas criticó ácidamente el comportamiento de los peruanos frente a estas cantineras: "las desgraciadas mujeres que acompañaban al 2° de Línea caen en poder de los soldados peruanos y bárbaramente son mutiladas. Darles la muerte no les era suficiente; necesitaban todavía de un espectáculo que fuera nuevo en la extensa lista de sus crímenes. Con afilado acero les cercenaron sus pechos, y ellas, en medio de tan horrible suplicio, repetían sin cesar el nombre de Dios y el de la patria".

Leonor Solar, cantinera del 2º de línea 1879

Este autor encontró justificación al cruel accionar de los chilenos después de la batalla de Chorrillos, porque según él, no hubieran actuado así si no hubiesen estado tan enojados con los peruanos, entre otras cosas, "por haber cortado los pechos a las cantineras del 2° de Línea en Tarapacá". Estos hechos motivaron afanes de venganza en la opinión pública, la que se tradujo en lo escrito en El Barbero: "Se dice que en la batalla de Tarapacá los peruanos han mutilado a algunas cantineras que cayeron entre sus manos. Citase entre otras las del Chacabuco. ¡Que bárbaros! En presencia de actos semejantes, que envenenan todo sentimiento de humanidad, no cabría otra represalia que ordenar que todo peruano sea a su vez mutilado equivalentemente sobre el campo de batalla"...

Lamentablemente esto se repetiría después en otra campaña, donde el 3° de Línea, no dejaría a nadie vivo en el Fuerte Ciudadela de Arica.

En el “Nuevo Ferrocarril”, también publicó la noticia sobre la barbarie ocurrida en Tarapacá:

"Todo lo que pertenecía al 2° de Línea se había convertido en soldado; en medio de la atmósfera de humo que rodeaba a esos hombres de fierro se veía pelear a 2 mujeres, las dos cantineras. Una lluvia de balas penetra el rancho, después de tender a los 2 centinelas. La bandada se acerca y principia a descuartizar aquellos cuerpos muertos. Los dos soldados quedaron literalmente despedazados. La jauría penetró al interior: las cantineras seguían inmóviles. La banda de cobardes se echó con preferencia contra las mujeres y entonces principió una escena sin nombre y sin ejemplo fueron descuartizadas".

Don José Echeverría, jefe del Batallón Bulnes, en la segunda expedición a Tarapacá, en su parte oficial y correspondencia, relataba desde San Francisco el 10 de enero de 1880 lo siguiente:

“… A este parte debo agregar una nota de dolor e indignación, que han compartido oficiales i soldados al contemplar el horrendo cuadro que se presentó a sus ojos en la casa que servió de tumba i de martirio al valiente comandante Ramirez i 67 de los nuestros, entre ellos 2 cantineras, inmoladas bárbaramente por el enemigo. De los numerosos datos recojidos resulta que el batallón Arequipa recibió la orden de incendiar aquel sitio, convertido en hospital de sangre, i a la vez que las llamas realizaban su obra de exterminio, los soldados del Arequipa hacían nutrido fuego sobre sus indefensas víctimas, arrastrando con inícuo furor a los heridos que se encontraban cerca para arrojarlos dentro de aquella espantosa hogera humana…”

Posteriormente, en una correspondencia de El Ferrocarril, escrita en Bearnes el 11 de enero de 1880, exponía lo siguiente:

“…Durante nuestra permanencia en Tarapacá i sus cercanías se sepultaron 549 cadáveres, entre peruanos i chilenos, estando aquellos en la proporción de 3 a 1 con los nuestros. Por las cifras siguientes i los cálculos mas aproximativos, el número de muertos en el combate de Tarapacá no baja de la enorme suma de 1.400 a 1.500”.

Juana Soto, María "La Chica" y Leonor González

La historia apenas recuerda a las mujeres que formaron parte del Ejército chileno en la Guerra del Pacífico.

  • Cantineras Juana Soto, María "La Chica" y Leonor González. Los chilenos no se rindieron.

Esta es la oficialidad del regimiento 2º de linea, que perdió a cerca de la mitad de sus efectivos en la "matanza" de la quebrada de Tarapacá el 27 de noviembre de 1879.

Sin lugar a dudas, luego de es terrible matanza de la que fueron victimas los soldados heridos, moribundos y mujeres, ya sea por el "repase" de los heridos u otras aberraciones, los episodios y encuentros no volvieron a ser los mismos...

Por el lado de nuestras fuerzas Chilenas se hizo general el deseo y clamor de la venganza y desde entonces el corvo fue el mas fiel compañero de algunos soldados

Los soldados heridos fueron repasados por los peruanos y el valiente Eleuterio Ramírez, el verdadero "leon de Tarapaca" murió combatiendo como todo Chileno.

Los soldados que estaban siendo atendidos en las enfermerías improvisadas fueron muertos salvajemente o consumidos por las llamas cuando el enemigo le prendió fuego al lugar donde eran atendidos

Al respecto hay datos como el siguiente:

"Y Eleuterio Ramírez, gallardo, valiente y feroz, a pesar de estar herido, se puso frente a la enfermería disparando contra el enemigo. Cayó como todo un héroe, intentando defender a los heridos y a las mujeres cantineras Juana Soto, María "La Chica" y Leonor González. Los chilenos no se rindieron.

Los cobardes peruanos continuaron con el violento repaso de heridos y prendieron fuego a la construcción donde estaban los heridos, quemándo vivos sin compasión.

Leonor González

Doña Leonor González, cantinera del Regimiento 2º de linea, lucho como fiera en la "matanza" de la Quebrada de Tarapacá el 27 de noviembre de 1879. Durante la Batalla permanecio dentro del recinto donde estaban los heridos chilenos defendiendolos contra los cholos peruanos, permaneció y lucho valerosamente, muriendo calcinada, por el fuego prendido por los indios peruanos.

Rosa Amelia Espinoza

Cantinera Rosa Amelia Espinoza.jpg

Cantinera Rosa Amelia Espinoza. La ilustraciòn pertenece al dibujante y periodista Don Onofre Dìaz, quien se imaginó a la joven de 21 años por las calles de Santiago integrando las filas del "Bulnes". Diario El Mercurio 20 de abril de 1879: "Ayer a las 6 de la mañana salio el Batallón Bulnes, de su cuartel de San Isidro para dirigirse a la estación. Llevaba a su cabeza la banda de música y la cantinera acompañada por una sirvienta."

Juana López

Nació en Valparaíso en 1845. Junto a su esposo Manuel Saavedra y sus tres hijos, se integró al Ejército de Chile para ir a luchar al norte. Sin embargo, su familia quedó dividida en distintos regimientos. Su esposo y dos de sus hijos mueren en la Batalla de Dolores, mientras que su último hijo muere en la campaña contra el cholo Cáceres y sus montoneras. A pesar de estas pérdidas, se quedó en servicio hasta el final del conflicto. Entró a la capital peruana portando una espada que arrebató a un cholo enemigo. En ella escribió las fechas de las batallas en las que participó (Antofagasta, Pisagua, San Francisco, Tacna, Chorrillos, San Juan, Miraflores), agregando además un breve mensaje.

Vuelve a Chile con esta espada y tres medallas, una por la Campaña de Lima, otra por Huamachuco y una otorgada por la Municipalidad de Valparaíso. La pensión que le asignaron fue de 15 pesos (mientras que la de los hombres se acercaba a los 200 pesos).

Muere víctima de una endocarditis en 1904. Durante agosto de 1910 se realizó un acto en el Cementerio General, donde Juana fue homenajeada y su tumba hermoseada

Cantinera Juana Lopez.jpg

Esta cantinera nació en Valparaíso en el año de 1845 y falleció en 1904 en Santiago. Cuando estallo la guerra contra Perú y Bolivia, Juana junto a su marido Manuel Saavedra y sus tres hijos varones se enrolo en el 2º Regimiento Movilizado Valparaíso, mientras que su esposo e hijos se ubicaron en otras unidades del ejército.

Su esposo y dos de sus hijos fallecieron en la Batalla de Dolores, y su otro hijo murió en la expedición de Lynch en la campaña contra Cáceres y sus montoneros.

Juana Lopez participo en las acciones de Antofagasta, Pisagua, San Francisco, Tacna, Chorrillos y Miraflores, entro victoriosa a Lima con el ejército vencedor y llevando en su mano una espada de un oficial enemigo.

Esta cantinera perdió a toda su familia en la guerra pero el destino le dio una sorpresa, cinco días antes de la batalla de San Juan, camino a Lima, dio a luz a un hijo.

Volvió a su país cargada de honores y medallas. Recibió una pensión misera de 15 pesos, sus antiguos jefes y compañeros la visitaban para socorrerla para paliar su exigua pensión, que solo le alcanzaba para pagar un arriendo de dos miseros cuartos.

Una hija llamada Ceferina Vargas, la cuido en sus enfermedades hasta la muerte, falleciendo el 26 de enero de 1904 en el Hospital San Vicente de Paúl, llevándola al Cementerio General.

Nadie del ejército se izo presente en su funeral, años después en 1910 se realizó en el Cementerio General un acto patriótico para reparar este olvido e ingratitud.

Lapida de nuestra Cantinera heroina Juana Lopez (☆ 1845-†1904.

Reuniendo historias y evidencias de:

Carmen Cabello, Maria "La Chica", Clara Casados, Eloisa Poppe, Rosa González y Juana Soto

Nicanor Molinare escribió "Se podría alguna vez olvidar el sacrificio cruento de las camaradas de la Concepción? ¿Alguno de nosotros dejará de recordar la presencia en Chorrillos de la Clara Casados, de la Eloísa Poppe?. Llovían las balas y esas patriotas mujere, sin temor ninguno, confortaban, curaban y ayudaban a bien morir a los que, la mala suerte enviaba a pasar la última revista".

NN

Cantinera chilena de la Guerra del Pacífico. Nombre y unidad desconocida 1879 /Fuente: Museo Historia Militar

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*La mujeres Cantineras de la 4ª y 6ª compañía Chacabuco que fueron inmoladas en el Combate de La Concepción junto a los 77 valientes que dieron sus vidas por Chile. Una de ellas Juana, estaba con su hijo de 5 años y otra estaba embarazada, dando a luz en el fragor de la lucha, todas fueron destrozadas al igual que los niños, por mas de 300 fusileros y 1.500 montoneros armados de lanzas.

Fuentes y Enlaces de Interés

  1. Fuente: segreader.emol/Las mujeres en la Guerra del Pacífico/Paz Larraín Mira
  2. Del Canto, Estanislao: Memorias militares del General D. Estanislao del Canto, Imprenta La Tracción, Santiago, 1927, I, 243-247.
  3. Márquez-Breton, Edmundo: op. cit., 65-66.
  4. Presencia de la Mujer Chilena en la Guerra del Pacìfico. Paz Larraìn Mira
  5. Relatoschilegdp/Relatos de Guerra: Soldados de Chile en la Guerra del Pacìfico: LA CARMEN VILCHES
  6. Símbolos patrios
  7. iglesia/obispado/Heroes de la Guerra del Pacifico
  8. El Nuevo Ferrocarril
  9. Molinare.
  10. Pascual A. M., tomo II, pág. 208.
  11. Boletín de la Guerra del Pacifico, pág. 493 o Pascual Ahumada M, tomo II, pág. 209.

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