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Decreto Amunátegui

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6 de febrero de 1877

Decreto Amunátegui es el nombre por el cual se conoce al decreto supremo chileno dictado por el presidente Aníbal Pinto y firmado por el ministro Miguel Luis Amunátegui, el 6 de febrero de 1877, por el cual se autorizó a las mujeres a cursar estudios universitarios en ese país.[1]

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Contenido

Antecedentes

La creación de la Universidad de Chile en 1842 es un hito fundamental en la historia de la educación decimonónica y en el nacimiento de la clase profesional en el país. No obstante, el acceso a la instrucción universitaria estuvo vedado para la población femenina la mayor parte del siglo XIX, periodo en el cual aquella contaba con escasas alternativas educativas. Las mujeres podían asistir a la escuela primaria, a la Escuela Normal de Preceptoras —creada en 1854 y dirigida por las religiosas del Sagrado Corazón— y hacia fines del siglo XIX, a los primeros liceos femeninos.

La necesidad de contar con mujeres instruidas que se hicieran cargo de la educación de sus hijos o que pudieran paliar la estrechez económica con algún tipo de formación u oficio fueron materias de tempranas discusiones que animaron el debate público respecto de la relación entre mujeres y profesión universitaria desde la década de 1870.

El decreto

Decreto Amunategui.jpg

Producto de aquel debate, el gobierno del presidente Aníbal Pinto Garmendia dictó el decreto N° 547,2 que autorizó el acceso de las mujeres a los estudios universitarios. Fue firmado el 6 de febrero de 1877 en la ciudad de Viña del Mar por el presidente Pinto y el entonces ministro de de Justicia, Culto e Instrucción Pública Miguel Luis Amunátegui, por lo cual se hizo conocido como «Decreto Amunátegui».

El decreto se basó en tres argumentos: la conveniencia de estimular en las mujeres la dedicación al estudio continuado; la arraigada creencia de que las mujeres poseían ventajas naturales para ejercer algunos oficios relacionados con la asistencia a otras personas; y la importancia de proporcionar los instrumentos para que algunas mujeres, que no contaban con el auxilio de su familia, tuvieran la posibilidad de generar su propio sustento. También estipulaba que las mujeres que aspiraban obtener títulos profesionales debían rendir exámenes válidos bajo las mismas condiciones a las que estaban sometidos los hombres.

"Considerando:

  • Que conviene estimular a las mujeres a que hagan estudios serios y sólidos;
  • Que ellas pueden ejercer con ventaja algunas de las profesiones denominadas científicas;
  • Que importa facilitarles los medios de que puedan ganar la subsistencia por sí mismas;

Decreto:

Se declara que las mujeres deben ser admitidas a rendir exámenes válidos para obtener títulos profesionales con tal que ellas se sometan para ello a las mismas disposiciones a que están sujetos los hombres.

Comuníquese y publíquese"

Conclusiones

Una declaración de intenciones, aparentemente tan simple como esta, trajo aparejadas grandes modificaciones de tipo social y administrativo. En lo administrativo, fue necesario modificar algunas disposiciones muy antiguas acerca de inhabilidades de las mujeres para ciertas actividades, como por ejemplo, disponer autónomamente de sus propios bienes o para actuar en juicios u otras instancias administrativas públicas. Así, la primera abogada Matilde Throup (titulada en 1892), debió vencer grandes obstáculos para acceder a cargos públicos como abogada en los juzgados y notarías por cuanto las leyes vigentes lo prohibían. Lo mismo ocurrió con las primeras dos médicos, las célebres Eloísa Díaz y Ernestina Pérez, quienes dentro de la profesión pudieron acceder solo al ejercicio de algo que las mujeres venían haciendo desde tiempos inmemoriales, es decir, parteras, actividad que ahora se conoce con el nombre de médico obstetra.

En lo social, varias mujeres se incorporaron lentamente a los estudios superiores y muchas razones explican la lentitud inicial.

  • En primer lugar, los siglos de postergación intelectual y reclusión en sus casas o en los conventos de las mujeres, hicieron difícil que las jóvenes se animaran por sí solas a mejorar las condiciones intelectuales que sus madres, abuelas y todas sus antepasadas habían tenido. Particularmente el condicionamiento cultural de género de las mujeres conocido como "ser para otros", llevaba a muchas de ellas a creer que su rol en este mundo era ser esposas y madres antes que, profesionales o técnicas. Así, resulta siempre admirable recordar a las mujeres anónimas y otras más conocidas como Rosario Orrego de Uribe, fallecida en 1879, la primera novelista y poeta chilena, o como Carmela Jeria, una tipógrafa porteña fundadora del primer periódico feminista en 1904, quienes a pesar de las limitaciones mencionadas, supieron desarrollar proyectos intelectuales autónomos.[2]
  • En segundo lugar, como hasta entonces la convención social establecía una estricta separación entre hombres y mujeres, se interpretaba que una mujer sola y sin alguien de respeto que la acompañara en reuniones con hombres, era alguien que buscaba aventuras sexuales sin compromisos perdurables. De manera que estas primeras estudiantes iban acompañadas a la universidad por sus madres, tías o abuelas quienes se sentaban a su lado para garantizar la pureza de las intenciones de la joven. Es obvio, que no eran muchas las que estaban en condiciones de ostentar ese grado de compromiso familiar, para alcanzar sus objetivos.
  • En tercer lugar, las escuelas no eran mixtas, es decir, había escuelas para señoritas algunas de las cuales tenían niveles medios (humanidades como se conocían por entonces), pero no había disponibilidad de profesoras con los conocimientos apropiados a ese nivel de exigencia, sino de manera muy excepcional; doña Isabel Lebrún de Pinochet era una de ellas. Recordemos que algunas mujeres notables de la época fueron absolutamente autodidactas, como Gabriela Mistral por ejemplo. Por tanto, las jóvenes que deseaban estudiar debían hacerlo en los liceos masculinos a los que no podían asistir por las razones expuestas, salvo para dar sus exámenes. Así que las jóvenes, como Amanda Labarca, Elena Caffarena o incluso quien llegara a ser primera dama Rosa (Mity) Marckmann de González Videla, debieron estudiar los niveles medios en sus casas con institutrices o profesores particulares y luego dar los exámenes en los liceos de hombres, para alcanzar la licencia que les permitía estudiar en la Universidad.

Así que, como se observa, la incorporación de las mujeres al mundo de los estudios no fue, ni con mucho, instantáneo y que, las escasas valientes que iniciaron este camino debieron cargar siempre con el peso extraordinario, que es el haber partido con una enorme desventaja en condiciones culturales, educativas y sociales, frente a sus pares masculinos por el simple hecho de haber nacido mujeres.

  • 1842 Se funda la Universidad de Chile
  • 1854 Creación de la Escuela Normal de Preceptoras
  • 1877 Promulgación Decreto Amunátegui, que permitió el ingreso de la mujer a la educación superior
  • 1887 Egresan las primeras profesionales de Sudamérica, tituladas de médico, las chilenas: Eloísa Díaz y Ernestina Pérez
  • 1906 Primer curso experimental para formar enfermeras en la Universidad de Chile
  • 1907 Según el censo, 361.012 mujeres trabajan remuneradamente en el país
  • 1925 Creación de la Escuela de Servicio Social de Beneficencia
  • 1927 Celebración del Cincuentenario del Decreto Amunátegui
  • 1932 La Pontificia Universidad Católica de Chile abre sus puertas a las mujeres
  • 1952 Según el censo, 539.141 mujeres trabajan en actividades remuneradas en el país[3]

Fuentes y Enlaces de Interés

  1. wikipedia/Decreto Amunátegui
  2. Archivo nacional/Decreto Amunategui
  3. memoria chilena/Cronología

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