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Origen del aplauso

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Origen del aplauso
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¿Alguna vez nos preguntamos desde cuándo aplaudimos? La tradición de palmear una mano con la otra en actos especiales se remonta muchos siglos atrás, comenzando desde la época de los griegos y los romanos hasta llegar a nuestros días.

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El aplauso (del latín applaudere) es principalmente la expresión de aprobación mediante palmadas, para crear ruido. Suele esperarse que los espectadores aplaudan tras una representación, como por ejemplo un concierto musical, un discurso público o una obra de teatro. En la mayoría de los países occidentales, los espectadores dan palmadas de forma no sincronizada para generar así un ruido constante; sin embargo, se tiende de forma natural a sincronizarse débilmente. Como forma de comunicación no verbal de masas, el aplauso es un indicador simple de la opinión media relativa del grupo completo: cuando más ruidoso y prolongado, mayor aprobación.

Según los psicólogos, cualquier forma de aplauso satisface la necesidad humana de expresar una opinión, además de dar una muestra de participación a la audiencia.

Los Griegos

La costumbre de aplaudir puede ser tan antigua y estar tan extendida como la propia humanidad, y la diversidad de sus formas está limitada únicamente por la capacidad de los medios disponibles para hacer ruido. Lo más probable es que aplaudir sea una derivación de dar una palmada en la espalda a alguien cuando le felicitamos por algo. Ya los griegos expresaban su aprobación a las obras teatrales mediante vítores, chasquidos de dedos y palmadas.

Nerón en el Imperio Romano

Nerón

Los antiguos romanos tuvieron un conjunto ritual de aplauso para las representaciones públicas, expresando diversos grados de aprobación: golpear los dedos, dar palmadas con la mano plana o hueca, o agitar el faldón de la toga, lo que el emperador Aureliano sustituyó por pañuelos (orarium) que distribuyó entre el pueblo. En el teatro romano, al final de la obra, el protagonista gritaba Valete et plaudite! y la audiencia, guiada por un corego no oficial, coreaba su aplauso antifonalmente. Esto a menudo era organizado y remunerado.

Pero cuando se desarrolló el término de aplauso fue en la época de Nerón, cuando se contrataban personas para que aplaudieran durante los eventos. El emperador Nerón pagaba a casi 5.000 ciudadanos para que aplaudieran su aparición en público. Incluso ensayaron dos tipos de aplausos: el imbrex, con las manos ahuecadas, y testa, con las manos planas.

Las iglesias

Con la proliferación del cristianismo, las costumbres del teatro fueron adoptadas por las iglesias. Eusebio cuenta que Pablo de Samosata animaba a la congregación a aplaudir sus sermones agitando sus ropas de lino (οθοναις), y en los siglos IV y V el aplauso de la retórica de los sermones populares se habían convertido en una costumbre habitual. El aplauso en las iglesias terminó sin embargo pasando de moda y, en parte debido a la influencia de la atmósfera cuasi religiosa de las representaciones de Wagner en Bayreuth, el espíritu reverencial que inspiró este decaimiento pronto se extendió a los teatros y salas de concierto.

Siglo XVII

Las personas mostraban su aprobación en los espectáculos mediante pisoteos y aplausos, pero que pronto fueron sustituidas por tosidos, tarareo, silbidos y soplos por la nariz debido a las prohibiciones del clero.

XVIII-XX

Años más tarde, se recurrió a la idea de contratar gente del público para aplaudir, que recibió el nombre de claque, término francés que significa “aplaudir y animar”. Esta costumbre se extendió en los teatros neoyorkinos, y siguió realizándose hasta el siglo XX en algunos teatros europeos como el Metropolitan Opera House. Hoy en día, ya no es necesario “sobornar” a nadie para que aplauda en algunos actos, simplemente hay que pedírselo a la audiencia.

Los aplausos provocan un efecto de imitación, debido que la gente tiende a actuar de la misma manera que el resto, sincronizando así sus reacciones. Incluso hay aplausos que siguen ciclos, que pueden llegar a repetirse varias veces. En una actuación, por ejemplo, la ovación final empieza con aplausos vigorosos, rápidos y desordenados; después, transcurren unos instantes de entusiasta aprobación, que se van haciendo más lentos y acompasados; finalmente, una parte de los espectadores vuelve a aumentar la velocidad.

El aplauso es contagioso

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Según un estudio sueco publicado en el Journal of the Royal Society Interfac, dice que el aplauso es contagioso y la duración de una ovación depende de el número de espectadores.Si tan sólo un pequeño número de personas comienza a aplaudir puede extenderse por todo el grupo, y con que uno o dos individuos decidan dejar de aplaudir, el aplauso se apagará.

Para realizar su trabajo, los expertos estudiaron imágenes de video de grupos de estudiantes que asistían a una presentación pública.”Usted siente la presión social de empezar a aplaudir, y una vez ha comenzado a hacerlo, hay una presión igualmente fuerte para no detenerse, hasta que alguien comienza a parar”.Estas palmadas generaron una reacción en cadena en la que, espoleados por el sonido, otros miembros de la audiencia se unieron al aplauso.”La presión proviene del volumen de los aplausos en la sala más que por lo que haga la persona que está sentada a su lado“.

De hecho, los investigadores creen que aplaudir es una forma de “contagio social” que refleja cómo las ideas y las acciones ganan y pierden su moméntum.”El equivalente en redes sociales como Facebook o Twitter sería estudiar si usted es más propenso a seguir una tendencia si ve que muchas personas del mundo en general la mencionan o sólo si sus amigos más cercanos lo hacen”.

En los experimentos, la primera persona empezó a aplaudir 2,1 segundos después de que terminara una breve presentación realizada por un estudiante y el resto de la sala estaba dando palmas al unísono y sin excepción tan solo 0,8 segundos más tarde.

Entonces, ¿Por qué tenemos hábito de aplaudir? ¿Por que nos gusta lo que vemos o lo hacemos por empatía social?

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