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Toma de Valparaíso 06 de Diciembre 1829

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Toma de Valparaíso 06 de Diciembre 1829
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6 de Diciembre 1829

Los revolucionarios se apoderan de Valparaíso

Rodríguez y Borgoño habían obrado de buena fe al pactar el tratado del 6 de diciembre, en la quinta de Blanco Encalada. El fracaso se produjo una vez más del lado de Novoa, que, como último recurso, había fiado al dinero el afianzamiento del gobierno que la opinión repudiaba.

Contenido

Con naturalizado y con la cínica inmoralidad peruana de los días de Torre Tagle y de Riva Agüero, había empleado los pocos fondos de las arcas fiscales en sobornar oficiales del ejército de Prieto. El expediente no resultó: el capitán Agustín Landa, que recibió $ 2.000, a cuenta de mayor suma, para sobornar un escuadrón de granaderos, los entregó a Prieto para la caja del ejército; otros rechazaron, indignados, las proposiciones, y más de alguno se guardó el dinero sin traicionar su causa.

Más expectativa tenía un proyecto de contrarrevolución en el sur, que Novoa tenía ya muy avanzado. Mediante el dinero fiscal, esparcido con profusión, se había comprado a la mayoría de los oficiales que quedaron en esa plaza bajo las órdenes del corone! Cruz, y sólo se esperaba para el pronunciamiento la llegada del bergantín "Aquiles", que debía zarpar desde Valparaíso con armas, municiones, pertrechos y más dinero.

Portales y Rodríguez Aldea descubrieron el plan de Novoa, y a fin de desbaratarlo, resolvieron impedir la salida de! "Aquiles", apoderándose de Valparaíso. Con este propósito, a fines de noviembre, despacharon al teniente coronel Pablo Silva, al mando de unos 150 soldados de línea. Le agregaron como asesor a Victorino Garrido. La captura de Valparaíso, además de frustrar la revolución del sur, tenía un enorme alcance sicológico, pues con ella desaparecía la sombra de gobierno que había establecido en el puerto e! vicepresidente Vicuña.

El 31 de noviembre, Silva ocupó Casablanca, y en la tarde del 2 de diciembre coronó los cerros que dominan los caminos que conducían a Santiago y a Quillota. En vista de que ni el presidente ni el gobernador, general José María Benavente, arbitraban medidas, el cabildo pipiolo resolvió emplear el populacho en la defensa de la plaza y le repartió las armas y municiones que había en los arsenales. Como era de esperarlo, el pueblo, en lugar de hacer frente a las fuerzas de línea que amagaban la ciudad, se entretuvo en saquear negocios, o se fue a su casa llevándose las armas. Garrido, en vez de empeñar combate con la corta guarnición, cumplió la primera parte de su cometido; o sea, la captura del "Aquiles" desde su campamento de los cerros. El día 6, tres oficiales ganados a la causa de la revolución, los tenientes Pedro Angulo y Tomás Rueda, y el guardiamarina Manuel Díaz, aprovechando un viaje a tierra del contraalmirante Wooster, sublevaron la tripulación y e! bergantín se hizo a la mar con rumbo a Talcahuano, para ponerse a las órdenes de Cruz.

El presidente, al saber que no tenía buque en qué huir, se sintió prisionero de los revolucionarios. Además, habían caído en poder de ellos las armas, las municiones y todos los elementos acumulados para la expedición a Talcahuano. En el difícil trance, el mandatario tuvo una feliz inspiración: la de pedir al capitán Birgham, comandante de la fragata de S. M. B. "Thetis", que sometiera a cañonazos a los rebeldes. El capitán, feliz con esta comisión, que le iba a permitir ejercitar la puntería de sus artilleros, salió a dar caza al "Aquiles". El bergantín era mal velero, así es que no tardó mucho en alcanzarlo. El "Aquiles", en vez de rendirse, hizo frente a la fragata y la población de Valparaíso se agolpó en la playa para presenciar el combate. La "Thetis" tenía 64 cañones y la marinaban 400 individuos.

A fin de prevenir todo daño a su buque, el capitán Birgham se colocó fuera del alcance de los cañones de su enemigo, y empezó a despedazarlo con magnífica puntería. En veinte minutos, el bergantín perdió la cuarta parte de su tripulación, sin que ninguno de sus disparos alcanzara a su poderoso adversario. No queriendo prolongar más una carnicería inútil, Angula arrió la bandera, y al día siguiente, el capitán vencedor entraba al puerto conduciendo su presa, en medio del entusiasmo delirante del presidente, del ministro de la Guerra, de Chapuis, de Ramos y de todos los autores de la feliz idea. Ya se disponía de buque en qué fugarse, si las circunstancias lo hacían necesario; se había impedido que las armas destinadas al sur cayeran en poder de los revolucionarios, y si los acontecimien­tos lo permitían, se podía pensar de nuevo en la aplazada expedición a Talcahuano.

La alegría duró poco. El pueblo de Valparaíso, que el cabildo había armado días antes, presa de un furor ciego, amenazaba acabar con cuanto inglés había en la ciudad y con los mandatarios que ordenaron cañonear al "Aquiles". El gobernador Benavente, indignado, presentó su renuncia. Se explicó al pueblo que sólo se trataba de reprimir una traición arteramente urdida por los enemigos del gobierno. Todo fue inútil: el pueblo, con gran asombro de Vicuña y sus consejeros, se empecinó en ver sólo un cobarde atentado cometido por un poderoso buque inglés, a pedido del gobierno chileno, contra un débil barquichuelo que enarbolaba la bandera nacional.

El capitán Birgham, advirtiendo, demasiado tarde, las consecuencias de su error, quiso reconciliarse con la opinión amparando con sus cañones a los promotores del motín del "Aquiles", que el ministro de la Guerra quería sentenciar sumariamente, y que el pueblo había convertido en héroes. Su enérgica actitud sirvió de excusa a su torpeza ante Silva y Garrido; mas no logró trascender al pueblo. No les quedó a los extranjeros otro recurso que armarse en una especie de guardia cívica.

Al atardecer del día 7, Valparaíso era un campo de batalla de un extremo a otro, en que nadie sabía contra quién peleaba. El pueblo se batía con la guardia formada por los extranjeros y la gente de orden, empeñada en salvarlos. Garrido. temiendo que la ciudad ardiera por los cuatro costados. despachó un destacamento que. bajando por la Quebrada Verde, ocupara la Plaza Municipal, mientras e! resto de sus fuerzas descendían por el Alto de! Puerto. En esos mismos momentos, José Vicente Sánchez ocupó la plazuela de Orrego (la actual plaza de la Victoria) con un cuerpo de milicianos gobiernistas. Parte de estas últimas fuerzas intentaron dominar un sector mayor de la ciudad, pero fueron rechazadas con algunas pérdidas por las tropas de línea de Silva. Por suerte. este combate, que debió ser el comienzo de la carnicería y de los incendios que todos esperaban por momentos, fue tabla de salvación.

El pueblo armado, en vez de continuar al centro y empezar la matanza de extanjeros, viéndolo ocupado por fuerzas de linea, prefirió quedarse en los arrabales, y entregarse a la tarea, más de su agrado, de saquear los pequeños despachos, sin empeñar nuevos combates con la guardia cívica y con las tropas apostadas en las plazas.

Al amanecer del día 8, la confusión era indescriptible. El batallón de extranjeros y de vecinos había repelido con pocos sacrificios los asaltos del pueblo, pero nadie sabía quién mandaba en la ciudad. El presidente Vicuña, presa de! pánico, temiendo ser despedazado por el populacho enfurecido, se había embarcado de incógnito en la tarde del dia 7, en el "Aquiles", despejándolo, antes, de los presos que estaban en él. Lo acompañaban Ramos y Chapuis, y los ministros Pérez Cotapos y Prado Montaner. El enérgico coronel Picarte, a quien Vicuña confió el mando de la plaza antes de huir, sólo disponía de cien milicianos, y estaba en la imposibilidad de restablecer e! orden. Silva se había adueñado de los fuertes, y no pudiendo detener al "Aquiles", empezó a cañonearlo, hasta que Benavente, que sabia el embarque de Vicuña, haciendo valer su influencia personal, obtuvo que se suspendiera el fuego. Al fin sobrevino una ligera brisa. y el bergantín logró dar velas con rumbo a Coquimbo.

En Valparaíso se produjo un curioso acomodo. El cabildo y los milicianos de Picarte siguieron fieles al fugitivo presidente Vicuña, y el grueso del vecindario, protegido por las fuerzas de Silva, se adhirió a la revolución. Como con la fuga del "Aquiles", llevándose las armas y pertrechos. había desaparecido uno de los objetivos de la expedición, y los otros dos estaban alcanzados, Garrido aceptó un modus vivendi: ambas fuerzas convinieron, bajo el comando moral del ex gobernador José María Benavente, hasta que se produjo el desenlace de Ochagavia.

Fuentes y Enlaces de Interés

  • Francisco A. Encina. Historia de Chile

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